Por qué no debes obligar a tu hijo a comer

La Academia Americana de Pediatría explica cuáles son los recursos más desafortunados que emplean los padres para hacer que los niños coman.

La maternidad y la paternidad marcan un antes y un después en la vida de todo ser humano. Desde el nacimiento de nuestro hijo, defendemos nuestras expectativas y nuestros deseos casi con ferocidad. Lo tenemos muy claro: queremos que duerman como creemos que deben dormir, queremos que se comporten como consideramos que deben comportarse y, por supuesto, queremos que coman cómo, cuándo y cuánto estimamos que deben comer. Luego, la realidad. Y es que, sobre todo en el tema de la alimentación, padres y madres nos pasamos los primeros años de crianza angustiados por la supervivencia de esos niños que tan injustamente etiquetamos de “malcomedores”, por lo poco que pensamos que comen o por los “nadas” que parecen servirles de sustento. Tanto nos preocupamos que es un motivo recurrente de consulta en nuestras citas con el pediatra. Pero la respuesta no está en el ambulatorio sino que, casi siempre, se halla en nuestras expectativas. Obligarles a comer lo que esperamos que coman no debería ser nunca una posibilidad razonable.

Por qué no hay que obligar nunca a comer a un niño

“No obligue a comer a su hijo. No le obligue jamás, por ningún método, en ninguna circunstancia, por ningún motivo”. En 1999, el pediatra Carlos González ya explicaba en Mi niño no me come por qué nunca hay que obligar a un niño a comer. El dietista-nutricionista Julio Basulto confirmaba en Se me hace bola, publicado en 2013, que no existía justificación nutricional alguna para obligar. También insiste en ello a menudo en sus perfiles de redes sociales y lo reafirma al otro lado del teléfono a EL PAÍS: “Obligar a un niño a comer no es ético, ni educativo y es contraproducente. El objetivo no es que el niño coma sino que quiera comer, y que quiera comer saludable, y eso no se consigue con la coacción, con la presión, con la insistencia ni con premios y castigos. El niño es el único que sabe cuánto tiene que comer, eso no lo sabemos los nutricionistas, ni los médicos ni lo saben los padres. Solo lo sabe el cerebro del niño”.

Comparte su postura María Manera Bassols, dietista-nutricionista y autora de diversas publicaciones en torno a la alimentación infantil, quien destaca que en nuestro medio la preocupación debería ser que más del 40% de los niños y niñas tiene un problema de exceso de peso. También insiste en que obligar a comer a la fuerza, cuando se ha manifestado que no se desea o no se necesita, además de una falta de respeto hacia el niño, no es efectivo. “Habitualmente se insiste para que el niño coma más cantidad o con la voluntad de que aumente la variedad de alimentos que toma, o de que consuma determinados alimentos supuestamente saludables y que “hay que comer”. Si el niño no los quiere y le forzamos a que los coma, difícilmente los elegirá motu proprio en futuras ocasiones ya que precisamente forzar a comer suele provocar aversión y rechazo hacia los alimentos a los que se ha obligado a comer”, explica.

Recuerda Carlos Casabona, pediatra especializado en alimentación infantil, que la Academia Americana de Pediatría ya advertía a finales de los 70 en el Pediatric Nutrition Handbook, que el apetito del niño “es errático e impredecible”, y señala que no se debe forzar a comer en casa pero tampoco en el colegio. “Solo el niño sabe lo que necesita a través de un experimentadísimo mecanismo que lleva milenios funcionando a las mil maravillas: el hambre”.

Sobre las consecuencias de obligar a los niños a comer, María Vallejo Guardiola, psicóloga experta en obesidad y trastornos de la conducta alimentaria (TCA), explica que con esta acción alteramos la relación de los pequeños con la comida en el presente, pero también en el futuro, un hecho que influye también en la construcción del apego. “Si la acción de comer se fuerza, se altera su función natural. Un niño obligado a comer desconecta de su cuerpo, no disfruta de la experiencia y ven la hora de las comidas como algo aversivo. Además, el adulto que fuerza a comer no está siendo empático y perjudica el establecimiento de un apego seguro basado en la mutualidad. Un niño al que en su crianza se le ha forzado a comer tiene muchas más probabilidades de convertirse en un adulto con problemas con la comida”, cuenta. Detrás de pacientes con sobrepeso y obesidad, Vallejo ha observado que suele haber “historias de horas interminables en la mesa, donde nadie se levantaba sin el plato totalmente vacío”, algo que provoca desajustes como llegar a la edad adulta con problemas para parar de comer cuando ya se está saciado.

El soborno, la forma más habitual

Según la Academia Americana de Pediatría la forma más habitual que emplean los padres para obligar a sus hijos a comer es el soborno. Pero no es la única. En Se me hace bola, Basulto lo resume en ocho acciones: amenazas, chantaje emocional, hostilidad y despotismo, humillación, mentira, presión y/o coacción, terror, violencia y/o maltrato psicológico. Y pone ejemplos de frases como “Si no te lo comes, te llevaré al hospital y tendrán que dártelo por sonda”, “No te levantas de la mesa hasta que no te lo comas” o “Te tapo la nariz por tu bien, para que te lo tragues”.

Sobre esa acción precisamente, Gloria Colli, pediatra y autora de Tu lactancia de principio a fin, advierte que hay que tener en cuenta que obligar a comer no es solo tapar la nariz al niño y “meterle la cuchara cuando la abra para respirar”, también recurrir a frases aparentemente inocentes como “Si no comes, mamá se va a poner triste”, “Si te lo comes todo te pondrás grande y fuerte” o “Si no te comes la verdura no hay postre”. “Son recursos igualmente desafortunados porque implican además una manipulación emocional. Incluso recurrir al típico avioncito puede ser una forma de obligar si deja de ser un juego y una de las partes ya no lo encuentra divertido”, declara.

Carlos Casabona añade otras maneras encubiertas como “teatritos”, alabar las virtudes de lo que se ofrece para comer o el empleo de pantallas (móvil con vídeos o la tablet con dibujos animados). No obstante, también añade algo de optimismo: lo encuentra en los sistemas del Baby Led Weaning (BLW) o aprender a comer solo (ACS) que han llegado para quedarse. “Muchas madres jóvenes están muy bien informadas y adoptan este sistema que respeta los signos de saciedad del bebé”, dice.

Pero no solo el hogar se convierte en el escenario habitual de las presiones por la comida. Los comedores escolares también lo son. María Manera Bassols ha participado en diversas guías acerca del rol de los adultos en las comidas que comparten con niños. Hace un par de años la Agencia de Salud Pública de Catalunya publicaba el documento Acompañar las comidas de los niños. Consejos para comedores escolares y familias, que precisamente aborda este tema, tanto desde el ámbito escolar como del hogar. El texto surgía de la necesidad expresada desde el colectivo de comedores escolares (AMPAs, monitores y coordinadores de los comedores) sobre cómo posicionarse ante situaciones como la negativa a comer o a probar determinados alimentos. “El simple hecho de que se genere debate sobre cuál tiene que ser la actitud del adulto, que surjan dudas, que se pregunte a la administración que trabaja con los comedores cuál es su opinión y posicionamiento, que salga en los medios, etcétera, evidencia que algunas prácticas “tradicionales” de imposición, obligación o coerción están siendo cuestionadas”, plantea Manera.

Actualmente muchos comedores escolares están vinculados de forma directa a los proyectos pedagógicos de los centros, lo que fomenta la implicación, la participación y el aprendizaje de los niños con respecto a la alimentación. “Es verdad que un comedor colectivo es más difícil de gestionar que un hogar, y que hay determinadas prácticas, como el permitir que no se coma algo que no apetece, requiere de un trabajo coordinado y profundo con los adultos responsables del comedor y también con los niños y niñas; pero si existe la voluntad de trabajar desde esta mirada, la experiencia de muchos comedores nos dice que es posible acompañar las comidas de los niños desde este prisma”, explica María Manera.

Los niños que no comen

La alimentación es una de las mayores preocupaciones de los padres durante los tres primeros años de vida de sus hijos. Lo ve Carlos Casabona en su consulta, a la que acuden padres preocupados no solo por la cantidad sino también por el qué y cuándo dar de comer a sus hijos. “El entorno ha cambiado de manera espectacular y lo que dábamos antes con cuatro meses, ahora no se recomienda hasta los seis o siete meses. Lo que antes recomendábamos a los doce meses, ahora decimos que se puede ofertar a los seis. Esto desorienta bastante a muchas familias, pero procuramos dar los consejos nutricionales más actuales y siempre en relación con la evidencia científica que exista, por encima de intereses comerciales que siempre han estado presentes. Lo que sucede es que ahora estamos más atentos y la información corre más deprisa”, cuenta Casabona.

Considera “paradójico” el pediatra que nos preocupemos porque los niños de entre dos y cuatro años coman “poco” en la época de la humanidad en la que más sobrepeso y obesidad infantil hay: “Estamos “fabricando” los que serán adultos con obesidad, con todas las repercusiones que esto conlleva”. Insiste Casabona en que los padres “no deben preocuparse por lo que come su hijo, sino por si es feliz, corre y juega, sin enfermarse excesivamente”, ya que no existe la desnutrición en España sino “malnutrición por exceso y por mala alimentación con calorías vacías y consumo exagerado de bollería”. No obstante, también añade que hay ocasiones en las que el pediatra deberá estudiar casos puntuales en los que haya síntomas asociados a la verdadera falta de apetito como apatía, debilidad, palidez o diarreas.

Gloria Colli considera que la preocupación por la alimentación de los niños es inherente a la maternidad y a la paternidad: “Siempre hay algo que nos preocupa. Si no toma suficiente leche o si toma demasiada, si come poca verdura, si no prueba la fruta, si no conseguimos que coma más sano… Y es bueno que los padres se preocupen, porque conseguimos que se informen y que se impliquen en la tarea de hacer que toda la familia haga una dieta más saludable, pero hay que tener cuidado de que no se transforme en una obsesión que les impida disfrutar de agradables momentos en torno a la comida”.

¿Qué hacer para que la hora de la comida sea un momento agradable? Colli recomienda que lo primero que debemos hacer es apagar la televisión y así aprovechar ese tiempo para charlar en familia, evitando que el tema central sea la comida. “De la comida solo se habla para felicitar al cocinero. Si a tu hijo no le gusta la verdura, por más que tú le digas 20 veces que está muy rica, seguirá sin gustarle. Si queremos que la comida sea un momento agradable, evitemos situaciones conflictivas. Y demos ejemplo. Los niños aprenden por imitación por lo que si nosotros comemos bien, al final ellos también lo harán”.

Y cuando un niño no quiere comer, ¿qué podemos hacer? Responde María Manera Bassols que debemos respetarle, igual que haríamos con una persona adulta. “Las señales de autorregulación de hambre y saciedad son innatas y, en los niños sanos son efectivas a la hora de cubrir sus requerimientos energéticos y nutricionales. En nuestro entorno, con una disponibilidad abundante de alimentos a cualquier hora y en cualquier sitio, no existe justificación nutricional para forzar a comer a alguien que no tiene hambre o no quiere comer”, concluye.

Autora: DIANA OLIVER, www.elpais.com

 

Alimentación complementaria

Cuando la leche materna deja de ser suficiente para atender las necesidades nutricionales del lactante hay que añadir alimentos complementarios a su dieta. La transición de la lactancia materna exclusiva a la alimentación complementaria abarca generalmente el período que va de los 6 a los 18 a 24 meses de edad, y es una fase de gran vulnerabilidad, cuando para muchos niños empieza la malnutrición, y de las que más contribuye a la alta prevalencia de la malnutrición en los menores de 5 años de todo el mundo. La OMS calcula que en los países de ingresos bajos dos de cada cinco niños tienen retraso del crecimiento.

La alimentación complementaria debe introducirse en el momento adecuado, lo cual significa que todos los niños deben empezar a recibir otros alimentos, además de la leche materna, a partir de los 6 meses de vida. La alimentación complementaria debe ser suficiente, lo cual significa que los alimentos deben tener una consistencia y variedad adecuadas, y administrarse en cantidades apropiadas y con una frecuencia adecuada, que permita cubrir las necesidades nutricionales del niño en crecimiento, sin abandonar la lactancia materna.

Los alimentos deben prepararse y administrarse en condiciones seguras, es decir, reduciendo al mínimo el riesgo de contaminación por microorganismos patógenos. Además deben administrarse de forma apropiada, lo cual significa que deben tener una textura adecuada para la edad del niño y administrarse de forma que respondan a su demanda, de conformidad con los principios de la atención psicosocial.

La adecuación de la alimentación complementaria (en términos de tiempo, suficiencia, seguridad y adaptación) depende no solo de la disponibilidad de alimentos variados en el hogar, sino también de las prácticas de alimentación de los cuidadores. La alimentación del niño pequeño requiere cuidados y estimulación activa, que su cuidador responda a los signos de hambre que manifieste el niño y que lo estimule para que coma. A esto se le llama alimentación activa.

La OMS recomienda que los lactantes empiecen a recibir alimentos complementarios a los 6 meses, primero unas dos o tres veces al día entre los 6 y los 8 meses, y después, entre los 9 a 11 meses y los 12 a 24 meses, unas tres o cuatro veces al día, añadiéndoles aperitivos nutritivos una o dos veces al día, según se desee.

Las prácticas alimentarias inadecuadas son a menudo un determinante de la ingesta insuficiente más importante que la disponibilidad de alimentos en el hogar. La OMS ha elaborado un protocolo para adaptar las recomendaciones alimentarias que permite a los gestores de programas identificar las prácticas alimentarias locales, los problemas frecuentes relacionados con la alimentación y los alimentos complementarios adecuados.

Fuente: OMS Organización Mundial de la Salud

 

 

Helados de leche materna, lo mejor que puede hacer una madre para calmar las molestias dentales

Son rápidos, fáciles de hacer y muy necesarios para sus dolores.

Los helados de leche materna son muy saludables y nutritivos cuando las madres tienen buena salud. Es por esto que se convierten en una excelente alternativa para los bebés que disfrutan de algo diferente, pero por si no sabías tienen otras cualidades.

La leche materna es conocida como oro líquido y tiene componentes potentes que estimulan el sistema inmune y además, atiende a las necesidades de los bebés, pero si la conviertes en helado hará que tú pequeño sienta alivio de los dolores dentales.

Es que sabemos que aquel problema donde se desesperan por su dolor hace que los padres recurran a diversos inventos para poder calmar un poco esto. Así que los helados maternales son una excelente idea porque aliviaran la comezón de las encías y lo afiebrada que la zona pueda estar.

Así que cuando a tu bebé le comiencen a salir sus primeros dientes puedes tomar tus propios recursos naturales para hacer que se sientan mejor. Lo mejor para aliviar es algo frío y nada mejor que si tiene componentes nutricionales que lo mantendrán sano.

Talsa Blackwell, publicó a través de Facebook esta idea y todos la han amado porque calma sus dolores de una manera natural, maravillosa y sin poner en riesgo al bebé. Además, hacer estos cubos de helados es muy fácil, rápido y sencillo.

Para hacer estos aliviadores debes tomar algún molde de cubeta de helados, poner la leche dentro de los recipientes, congelarlos y listo. ¡Son sencillos, rápidos y harán todo más fácil para tu bebé!

Fuente: Upsocl. Daniela Poblete

 

Carlos González: «Jamás hay que obligar a comer a un niño»

El prestigioso pediatra ofrece en esta entrevista algunas claves sobre la relación de los padres con sus hijos. Carlos González es uno de los pediatras de moda. Quizá porque sus ideas resuman mucho sentido común.

– A los padres les habla, entre otros asuntos, de alimentación infantil. ¿Qué les aconseja?
– Pues por ejemplo que los niños comen mucho menos de lo que la gente imagina, es algo normal. Jamás de los jamases hay que obligar a comer al niño por ningún concepto, de ninguna manera y con ningún método. Ya tenemos en España un 30% de niños con obesidad, solo faltaría que comieran más todavía. Te puedes ahorrar muchos problemas si desde el primer momento, es decir, desde los seis meses, en vez de darle a tu hijo purés y papillas especialmente preparados y en vez de metérselos tú con la cuchara y además distrayéndole con los «Teletubbies» pues le das comida normal y corriente, la misma que comes tú, y le dejas que la tome con la mano y se la lleve a la boca para que coma lo que quiera y lo que no quiera, no.

– Pero en nuestra cultura, madres y abuelas han sido siempre propensas a «embutir» a los niños.
– Las abuelas no tanto. Por ejemplo, no hacían purés. Yo recuerdo cuando mi madre se compró un «minipimer», antes no había y los niños comíamos comida cortada en cachitos. Y ahora niños de tres años están comiendo purés y si encuentran un trocito que quedó sin triturar les dan arcadas y entonces ya no comen en todo el día. Eso ocurre por haberles dado purés mucho tiempo y llega un momento en que al niño se le pasa la edad de empezar a probar. 

– ¿Tenemos que hacer caso al niño cuando dice quiero más o no quiero más?
– Sin el menor género de dudas. El niño es el único que sabe lo que necesita comer, como cualquier ser vivo. Un mosquito, cuando tiene hambre, pica. Y tiene cerebro de mosquito. Entonces, tu hijo claro que sabe comer, si hasta los mejillones comen.

– ¿Y cómo hacemos para que coman pescado?
– A la mayoría de los niños el pescado no es lo que más les gusta. Pero no pasa nada. Los niños pasan por etapas bastante típicas: durante los primeros meses lo prueban todo, de hecho comen papel de periódico o van gateando y le quitan las galletas al perro. Un niño que es capaz de comer papel de periódico también es capaz de comer lechuga. A partir del año o año y medio, según el niño, típicamente empiezan a decir «esto no me gusta», «no quiero» y llegan al menú infantil. Si mañana llega a comer a tu casa un niño de ocho años ¿qué preparas?, ¿acelgas?

– Creo que no.
– No, harás macarrones, porque sabes que los niños de ocho años comen macarrones, pollo, patatas fritas, flan. Y bueno, alguno habrá que pruebe las acelgas, la lechuga o el pescado, aunque no muy entusiasmados. Y luego vuelven a cambiar y hacia la adolescencia o un poco después vuelven a comer de todo. Si a un niño le dejan en paz y no le presionan, comerá muchos más macarrones que verdura, mucho más pollo que pescado, pero la mayoría comen un poquito de verdura y pescado. Si insistes, lo que consigues es que lo aborrezcan para siempre.

– Ha hablado también de la autoridad de padres y madres. ¿Cuál es su punto de vista?
– Hay que comprender que todos los padres y madres tenemos autoridad sobre los niños que es natural, inevitable y proviene del hecho de que somos más altos, más fuertes, más viejos y tenemos más experiencia para saber lo que hay que hacer. Y sobre todo proviene de que nuestros hijos nos quieren muchísimo y están deseando obedecer. Los niños nos obedecen casi continuamente, pero hay que ser consciente de que la obediencia al 100% no se puede conseguir, es imposible.

– ¿Y cómo actuar?
– Tienes que comprender que hay cosas más importantes y otras menos importantes. Las cosas realmente importantes todo el mundo sabe hacerlas. ¿Vas a dejar que tu hijo beba lavandina, se tire por la ventana o le pegue a otro niño? No. Pero nadie tiene dudas sobre esto. No hay ningún padre que se plantee comprarse un libro sobre cómo poner límites a los niños porque cuando va a beber lavandina no sepa qué hacer. ¿Cómo es posible que haya gente planteándose cómo aprendo a poner límites? Porque no estás hablando de los límites normales, que ya los sabías poner, sino de límites que no son lógicos, razonables, sino que son solo para demostrar quién manda aquí. Esto se hace por santas narices mías.

– Pero a veces los padres también están presionados.
– Les marean mucho con ese concepto de que una vez que le has dado a un niño una orden es importante no ceder, no echarte atrás porque te toma el pelo, tiene superioridad. Eso son chorradas. El que no cedía era Franco, los gobiernos democráticos sí que ceden, tanto los de derechas como los de izquierdas.

– ¿Y no hemos pasado de un modelo en exceso autoritario a otro demasiado laxo, que el niño haga lo que quiera?
– Puede haber alguno, pero realmente hay muy pocos padres que dejen al niño que haga lo que quiera. Y muchas veces en realidad eso no es permisividad, eso es pasotismo. Es decir, es más fácil dejar que el niño vea la televisión durante horas que apagarla y ponerme a jugar con mi hijo, contarle un cuento o llevarle al parque a pasear. Cuando ves padres que dejan ver al niño la televisión durante horas o que les regalan mucho dinero, les compran muchos juguetes carísimos a los que el niño no hace ni caso o les compran muchos dulces hay gente que dice, «le están consintiendo al niño y luego sale un niño malcriado». Pero no le están consintiendo, están ignorando al niño. Los que en realidad están consintiendo al niño, es decir, dándole lo que necesita son los que apagan la tele aunque se tenga que perder el partido de copa y se llevan al niño a las hamacas. Y eso no malcría al niño ni le produce ningún problema, sino que demuestra cariño y respeto hacia el niño. No podemos confundir las dos cosas porque luego hay padres a los que tienen atemorizados: «No le hagas upa porque se malcriará». A ver, puedes hacerle upa a tu hijo todo lo que quieras, eso no hace ningún daño.

Autor: Carlos Gil. Publicado en el Diario de Ibiza

 

Baby Led Weaning: Los pediatras lo aconsejan: no le des solo puré a tu bebé de seis meses, atrévete con los trozos

Los expertos recomiendan ambas cosas para alimentar a tu hijo. Su aplicación incrementa la duración de la lactancia materna y fomenta señales de hambre y saciedad del niño

La Asociación Española de Pediatría (AEP), acaba de publicar una guía de recomendaciones para padres y familiares sobre la alimentación complementaria que han elaborado a partir de la evidencia científica al respecto. Dicha organización define la alimentación complementaria (AC) como “el proceso por el cual se ofrecen a los lactantes alimentos sólidos o líquidos distintos a la lactancia materna”. “Es un protocolo totalmente flexible, una guía que pretende resolver las dudas de los padres acerca de los métodos AC que existen. No se dogmatiza sobre ninguna”, explica por teléfono el doctor José Manuel Moreno, coordinador del Comité de Nutrición de la AEP.

Eso sí, la recomendación general es que la introducción de alimentos se haga a partir de los seis meses; antes, se desaconseja para los bebés nada que no sea la lactancia materna. Lo más novedoso de estos consejos es la parte del Baby Led Weaning (BLW), un método a través del cual el bebé participa activamente en su alimentación y su abordaje como parte de la comida en familia. “Se trata de una técnica cada vez más utilizada. Los padres deciden la alimentación que dan al bebé, permitiéndole escoger por sí mismo la comida y la cantidad que desean. Hay que recalcar que este método no aporta más beneficios nutricionales que otros. La filosofía que debe estar detrás de cómo ofrecer los alimentos a los lactantes es la alimentación perceptiva, que interpreta las claves que los bebés transmiten a la hora de comer y que hace que la alimentación se adecue de forma individualizada a cada uno de ellos”.

Las cinco claves generales de este tipo de AC son:

  1. Se adapta la alimentación a cada niño: a su ritmo, a su desarrollo.
  2. Respeta la cultura de la familia -por ejemplo, si son veganos, vegetarianos, etc.- “siempre y cuando la alimentación sea equilibrada”. La AC se asegura de que se le está ofreciendo al niño la misma alimentación que al resto, aunque siempre en trozos pequeños y blandos.
  3. La participación en las comidas de toda la familia. El niño se sienta a la mesa.
  4. El bebé se alimenta por sí solo desde el principio, empezando con las manos y siguiendo por los cubiertos. Aprende síntomas fisiológicos relacionados con la comida como la saciedad o el hambre.
  5. Desarrolla habilidades motoras como la masticación.

Uno de las preocupaciones sobre el BLW de los padres son los posibles atragantamientos. “Lo fundamental es que cuando se aplique haya siempre un adulto presente y que los alimentos tengan la textura sugerida para cada edad”, explica. Por ejemplo, en el recuadro informativo que adjuntan a la guía no se recomienda que los niños menores de tres años tomen frutas y verduras duras como la zanahoria. “Se debe sobre todo a que estos alimentos no se disuelven fácilmente por la saliva, por lo que hay riesgo de que queden trozos en la boca. Aunque cada niño es diferente, y los padres conocen lo que puede o no tomar su hijo”.

El mejor método de alimentación complementaria

Algunos padres optan por lo que se conoce como Baby Led Introduction of Solids (BLISS) y que se refiere a que “por un BLW mixto mediante el que se permite que el bebé experimente por sí mismo con la comida, pero a la vez se le da algún puré o papilla en alguna de las comidas”, añade el experto. La guía menciona algunas ventajas de su aplicación como el incremento de la duración de la lactancia materna o el fomento de la alimentación perceptiva, basada en señales de hambre y saciedad del niño.

“Quiero recalcar que durante el primer año”, continúa Moreno, “la leche materna debe ser el alimento principal. Y que el Baby Led Weaning solo es una forma de comenzar a introducir alimentos sólidos”. Según se cita en las recomendaciones, existe evidencia de que aquellos padres que comienzan con alimentos triturados sobre los cuatro meses, “puede provocar cierto riesgo a que esos pequeños abandonen la lactancia materna”, argumenta el experto. Lo mejor, para introducir poco a poco los alimentos sólidos, según recomiendan, son los seis meses, en este dato el consenso es total.

Autora: Carolina García. www.elpais.com

Qué comer y beber en Navidad si estás dando el pecho a tu bebé

La Navidad es un período del año que se caracteriza por los encuentros familiares y la celebración de comidas y cenas sin cesar. Tantos festejos alrededor de la mesa pueden suponer un inconveniente durante el embarazo, pero también si das el pecho al bebé. Circulan muchos mitos sobre alimentación durante la lactancia, así que vamos a dejarlos de lado y ver qué es exactamente lo que puedes comer y beber y lo que debes evitar durante estos días de fiestas y celebraciones.

Pautas sobre alimentación durante la lactancia

1. No hay alimentos prohibidos

Aunque es verdad que ciertos alimentos pueden modificar levemente el sabor de la leche materna, como el ajo o los picantes, no existen alimentos prohibidos. Lo explica Padró: “Todos los alimentos modifican el sabor de la leche materna, pero no pasa nada. Es bueno que el bebé se vaya acostumbrando a los distintos sabores, le vendrá bien cuando deje la lactancia en exclusiva y empiece a tomar otros alimentos”.

2. Apostar por una dieta saludable

La regla que se debe seguir durante las fiestas navideñas es la misma que prevalece todo el año: se debe comer saludable, pero sin obsesionarse por ello. Ello implica consumir frutas, verduras y legumbres, evitando alimentos precocinados. Sin embargo, es importante saber que la dieta que se sigue en Navidad no modifica la calidad de la leche. Lo explica la doctora Benassi: “Sabemos que en casos de madres con desnutrición o, más frecuente en nuestro medio, la hiponutrición como en pacientes con trastornos alimentarios, la lactancia materna mantiene su calidad nutritiva para el lactante“.

3. El alcohol, mejor evitarlo

Es una de las grandes dudas de las mamás lactantes, pero los médicos aconsejan evitarlo. “La respuesta sencilla es que no es bueno para nadie, ni cuando la persona amamanta ni cuando no lo hace; así que si se puede evitar tomar alcohol, mejor“, explica Padró. Sí que se puede, en cambio, beber ocasionalmente una copa de vino o una cerveza. Pero en este caso también es necesario tomar medidas de precaución: “Es recomendable esperar unas horas para amamantar al bebé. Esto es muy complicado de generalizar porque el tiempo necesario para eliminar alcohol de la leche y de la sangre depende del peso de la madre y de la cantidad de alcohol ingerido. Por tanto, durante la lactancia es recomendable no consumir alcohol”, afirma la doctora Benassi.

4. Las gaseosas, con moderación

Sí es posible consumir otras bebidas, como gaseosas, durante el período de lactancia, pero es aconsejable, según los expertos, hacerlo con moderación por el alto contenido en azúcar de estas bebidas. También el café debe consumirse con moderación. “La cafeína es un estimulante claro y puede irritar y desvelar al lactante. Si este es el caso, cada madre ha de observar y, si es necesario, disminuir su consumo”, concluye la doctora Benassi en el suplemento Bueno Vida.

 

Actualidad: Siguen apareciendo casos de alergia a la proteína de la leche de vaca por culpa del “biberón pirata”

Durante muchos años, en la maternidad de muchos hospitales se ha llevado a cabo una peligrosa medida para “ayudar” a las madres a que sus hijos estén más tranquilos: darles un biberón mientras la madre no tiene la bajada de leche.

A menudo se ha instado a las madres a aceptarlo: “Dale un biberón, mujer, que así está más tranquilo y luego, cuando te baje la leche, ya lo amamantas”; pero a menudo se ha hecho también a espaldas de sus madres.

A este segundo biberón se le conoce como “biberón pirata”, y es el culpable (junto con el otro, el que se da con el consentimiento de la madre), de muchos casos de alergia a la proteína de la leche de vaca.

 ¿De verdad dan biberones porque no ha bajado la leche?

Estaba haciendo el método canguro con mi hijo mediano en el hospital, en la unidad de neonatos, por haber nacido prematuro, cuando a mi lado pusieron a una mujer que acababa de ser madre cuyo bebé necesitaba atención especializada.

Le preguntaron si quería darle el pecho, y respondió que sí, así que le ayudaron a que lo amamantara. Tras un rato, la enfermera se le acercó con un biberón y le dijo: “Vale, muy bien. Ahora, como todavía no tienes leche, le tienes que dar este biberón para que vaya comiendo”.

Yo me quedé muy sorprendido por dos razones: una, que las mujeres no tienen leche nada más parir, pero tienen calostro (que es mucho mejor que darle ninguna leche), y dos, que los bebés que toman biberón para luego ser amamantados tienen más riesgo de alergia a la proteína de la leche de vaca.

¿De verdad dan biberones sin que la madre se entere?

Sí, de verdad. Espero que sea una práctica en desuso, pero son muchas las mujeres que explican que se llevaron a sus bebés y que se dieron cuenta de que les habían dado ese biberón.

Algunas explican que fue directamente allí donde estaba el bebé y las pilló dándole un biberón, y otras cuentan que les devolvieron al bebé tan tranquilo y relajado, que al ir a darle el pecho lo rechazaba y que, al preguntar, confesaban haberlo hecho.

¿Y por qué es peligroso?

Porque la leche de vaca, como muchos otros alimentos, no tiene especificidad de especie y no se puede considerar que sea un alimento que los humanos aceptemos naturalmente porque sí. No venimos predispuestos a tolerarla (sus proteínas son extrañas para nosotros), así que nos tenemos que acostumbrar a ella desde el momento en que la ingerimos por primera vez. Y algunos nos acostumbramos, pero otros no.

Cómo se produce la tolerancia oral

El sistema inmune intestinal tiene la misión de defendernos de aquellas sustancias que son peligrosas o ajenas, así que cuando consumimos algo, se pone en marcha para analizar lo que le llega y valorar si hay algún peligro y debe activar o no la respuesta inmunológica.

Cuando un alimento llega por primera vez, con sus proteínas y microorganismos desconocidos, el intestino decide qué hacer. Si considera esos antígenos como “amigos”, a pesar de ser extraños, se dice que se ha producido una tolerancia oral (el bebé consume los antígenos, esas sustancias que no forman parte del cuerpo y le son extrañas, pero el intestino las acepta).

Esta tolerancia se basa en múltiples factores difíciles de explicar, porque aún no se sabe muy bien a qué responde. Se habla de que la tolerancia depende de la predisposición genética, de la naturaleza del antígeno, de la cantidad de antígeno que recibe el bebé, de la frecuencia con que se administra, de la edad al consumirlo por primera vez, del estado inmunológico del bebé (si está con gastroenteritis), si la madre consumía ese alimento embarazada, si lo consume mientras amamanta, etc.

Cómo se produce la intolerancia o alergia

Pues bien, en ocasiones, todos estos factores hacen que en vez de que se produzca la tolerancia, aparezca la situación contraria: que el cuerpo, al recibir ciertas sustancias que no conoce, las considere enemigas y actúe contra ellas. Es cuando se segrega la inmunoglobilina IgE y aparecen los síntomas de alergia. Cuando hablamos de la leche, hablamos de Alergia a la Proteína de la Leche de Vaca (APLV).

¿Pero por qué el intestino de esos bebés decide que no acepta las proteínas de la leche de vaca? Pues entre otros factores (de los comentados), porque la cantidad de leche que consumen es suficiente para provocar una respuesta, pero insuficiente para que haya tolerancia.

Se sabe que las personas, los bebés, pueden clasificarse en dos tipos en base a su herencia genética, en lo que a alergias se refiere: los atópicos y los no atópicos.

Los no atópicos serían los niños con poca predisposición a padecer una alergia, y los atópicos serían aquellos que tienen más riesgo de padecer cualquier alergia, probablemente porque el padre y/o la madre son alérgicos a algo (no tiene por qué ser a la leche).

Los atópicos son los bebés también conocidos como “altorrespondedores”, que quiere decir que tienen un sistema intestinal inmune que responde actuando contra un alimento si no lo recibe en cantidad más o menos elevada. ¿Cuánto de elevada? Depende. Depende del umbral de cada bebé, pero los bebés atópicos tienen un umbral elevado en comparación con los bebés no atópicos, que con poca cantidad ya toleran un alimento.

Así, cuando un recién nacido recibe por primera vez leche de vaca a través de la fórmula para lactantes en un biberón, se produce una inducción de anticuerpos IgE; y en una segunda exposición se produce la diferencia: los “bajorrespondedores” aceptan el alimento aunque lo tomen en poca cantidad y los “altorrespondedores”, o atópicos, empiezan a rechazarlo, porque su intestino segrega aún más cantidad de IgE.

¿Y esto es lo del biberón pirata?

Así es. El biberón pirata y los biberones como suplemento de los primeros días, cuando el bebé come muy poca cantidad, no provocan ningún problema en los bebés no atópicos, pero pueden inducir la alergia en los bebés atópicos porque su administración no es continuada: el bebé recibe poco, una cantidad inferior a su umbral de tolerancia, y en vez de aceptar la leche, la rechaza.

Si desde el principio se les da biberón y cada vez que tienen hambre se les da otro, y así sucesivamente, a demanda, durante todo el día, la cantidad de leche es elevada y es mucho más difícil que el bebé desarrolle alergia a pesar de ser “altorrespondedor”.

Pero si solo se le da algún biberón de vez en cuando y la mayoría del alimento es la leche materna, o si se le da algún biberón los primeros días y luego dejan de tomarlos porque son amamantados, el riesgo es mucho mayor.

Así que ya es hora de que se elimine el “biberón pirata” de las maternidades, que se elimine el biberón por protocolo después de cesárea (también hay hospitales que dan un biberón tras la cesárea por la separación entre madre y bebé) y que solo se haga uso de la leche de fórmula, si el bebé será amamantado, cuando se tenga muy claro que su uso es necesario (si ha perdido peso porque la lactancia no es eficaz y hay que nutrir al bebé cuanto antes).

Autor: Armando Bastida

 

El sabor de los alimentos en la leche humana

La composición de la leche materna varía nutricionalmente adaptándose a las necesidades del bebé, también experimenta diferentes sabores y nuevas sensaciones. Todo ello ayudará al bebé a formar sus preferencias alimentarias.

Aunque todos los bebés comienzan este aprendizaje en el útero materno, solo aquellos que son amamantados reciben un refuerzo adicional y el aprendizaje del sabor que proporcionan la exposición contínua a un amplio abanico de sabores durante la lactancia.
Nacemos con una predisposición biológica de preferencia hacia lo dulce y evitamos aquello que nos proporciona un sabor amargo. Ciertas hipótesis plantean que esto es así por mera supervivencia, pues de esta forma preferimos alimentos con mayor densidad energética.
Muchos son los estudios que sugieren que desde antes del nacimiento del bebé, se brindan muchas oportunidades para que aprendan a disfrutar de aquellos sabores que nos aportan los alimentos saludables.
En cuanto a las crucíferas (coles, brócoli o coliflor) evitarlas en la dieta es un error. Primero se trata de hortalizas, alimentos que conviene tenerlos presente en la dieta, segundo contienen sustancias como los glucosinolatos con beneficios para la salud, sumado que aportan vitaminas y minerales como el calcio. Si!  El calcio de origen vegetal también cuenta.
El consumir alimentos de origen vegetal hará que el bebé acepte cuanto antes este tipo de alimentos, pues su sabor no hará que el bebé rechace la leche materna. Este tipo de alimentos son importantes para la salud de tu hijo y la tuya.

ASÍ ES CÓMO SE ALIMENTA TU BEBÉ DESDE EL VIENTRE MATERNO 

La placenta es un órgano muy complejo que alimenta al feto, libera hormonas y enzimas, cuenta con un espacio con vellosidades donde se realizan funciones metabólicas endocrinas y depende casi completamente de la sangre de la madre.
La placenta se encarga de transportar los alimentos y el oxígeno del sistema circulatorio de la madre hacia el feto y el bebé envía productos de eliminación hacia la placenta. De este modo se produce un intercambio entre la madre y el feto, la circulación sanguínea de la madre y el feto son totalmente independientes.
La comida que tu ingieres va directamente desde tu boca al cordón umbilical, y cuando los alimentos pasan a través de tu aparato digestivo, los nutrientes son absorbidos por el estómago y estos se traspasan hacia el feto al igual que el agua y el oxígeno por el torrente sanguíneo de la madre.
La placenta es un filtro muy eficiente que rechaza elementos nocivos como las bacterias que pueden dañar a tu bebé, sin embargo, el alcohol y la cafeína pueden atravesarla. Por eso es muy importante cuidar tu alimentación.
La comida desciende por el esófago.  En el estómago la comida se descompondrá en glucosa, grasa y proteína. Después de la digestión la comida es absorbida por la sangre. Y pasará de la madre al hijo a través de la placenta. Un filtro muy eficiente, que rechaza elementos dañinos como las bacterias que pueden afectar al feto.
Elementos muy pequeños pueden traspasar la barrera: oxigeno, proteinas, minerales, glucosa, cafeína, vitaminas y alcohol.
Después de pasar al torrente sanguíneo estos elementos van al feto a través del cordón umbilical.
Así es la alimentación de un bebé en el vientre materno.

Fuente: W news Español

Crianza: Peso y salud

″¡Qué lindo es y qué gordito está!″.

Seguro que has oído esta frase más de una vez cuando alguien está elogiando a un bebé. Un bebé ″gordito″ en nuestra cultura se ve a menudo como un bebé sano y hermoso. Es más, se considera que una mamá que tiene un bebé gordito, es una mamá que está haciendo un buen trabajo.

Cuando el pediatra mide al bebé en las tablas de crecimiento y nos da el percentil en el que se encuentra, saber que está por encima de la media suele ser motivo de satisfacción y que está por debajo motivo de preocupación, aunque el bebé esté igual de sano en los dos casos.

Peso y salud

El hecho de que un bebé sano se haya asociado durante mucho tiempo en nuestra cultura con un bebé que se ve ″gordito″ tiene su lógica. Las generaciones anteriores no lo tuvieron fácil para criar bebés. Por un lado, no existían las vacunas que tenemos hoy en día a nuestra disposición, ni los antibióticos o tratamientos para la mayoría de las enfermedades que ahora se pueden prevenir o tratar y antes podían acabar con la vida de un bebé. A esto hay que añadir la hambruna y la malnutrición que, en algunos países, también estaban presentes en muchas familias.

Un bebé gordito tenía más posibilidades de sobrevivir un problema de salud que uno que no estuviera bien alimentado. De ahí viene en parte el valor que le dan muchas culturas, incluida la nuestra, a un bebé con exceso de peso.

Sin embargo, las cosas han cambiado mucho en las últimas décadas. Hoy en día, la obesidad infantil es un problema grave y, en muchos casos, este problema inicia en la infancia. Los niños no ganan sobrepeso de la noche a la mañana, es un proceso gradual que se desarrolla a lo largo de meses o incluso años.

Las repercusiones que la obesidad infantil tiene en un niño pueden ser muy graves. Por ello es muy importante saber cuál es la mejor alimentación que le puedes dar a tu bebé, desde que es chiquito, para que mantenga un peso saludable.

Niños gorditos antes y ahora

Hay otro factor a tener en cuenta cuando hablamos de niños gorditos. Antes, en la generación de nuestras madres o abuelas, el hecho de que un niño pequeño tuviera unos kilos de más no era un gran motivo de preocupación porque, a medida que el niño crecía, este exceso de peso solía desaparecer gradualmente.

Pero la vida que se hacía antes era bastante diferente de la que se hace ahora. Los niños hacían mucho más ejercicio jugando en la calle y la alimentación no contenía una cantidad tan grande de azúcares y grasas como tiene ahora.

Hoy en día los niños hacen mucho menos ejercicio. La televisión y los videojuegos han pasado a convertirse en pasatiempos favoritos, en lugar de los partidos de fútbol y los juegos de correr y pillar que antes eran sus diversiones habituales.

Además, debido a la falta de tiempo, las familias de hoy utilizan a menudo alimentos ya preparados, comidas precocinadas o comidas rápidas. Estos alimentos suelen tener una proporción más alta de azúcares y grasas que los alimentos naturales. Y las sodas, que son tan comunes hoy en día, se tomaban antes de forma ocasional y excepcional en una fiesta de cumpleaños o celebración, no formaban parte de la dieta diaria como sucede en la actualidad.

El exceso de calorías, unido a una falta de ejercicio, tiene como consecuencia el exceso de peso.

¿Qué hacer?

Los niños latinos se están viendo especialmente afectados por la epidemia de obesidad infantil en los Estados Unidos y cuanto antes comienza un niño a tener exceso de peso, más posibilidades hay de que sea obeso en la edad adulta.

Sin embargo, aunque tu pediatra te diga que tu niño pesa más de lo que debería, puede ser difícil aceptarlo, especialmente si tu mamá o tu abuelita te insisten, con buenas intenciones, en que tienes que darle de comer más a tu bebé, o que no está engordando lo suficiente. Pero fíate de tu pediatra. Si te dice que tu hijo tiene sobrepeso, sigue sus recomendaciones para llevarlo al peso adecuado para su etapa de crecimiento. Y si considera que tu bebé está sano y que su peso está bien, aunque la abuelita opine lo contrario, estate tranquila.

Dejar de darle el pecho a un bebé chiquito y pasar a la fórmula para ver si ″engorda″ o añadirle cereales al biberón no son buenas estrategias porque una alimentación excesiva en la infancia frecuentemente es causante de problemas de obesidad en el futuro.

Revisado por el Dr. Alberto Gedissman