ASÍ ES CÓMO SE ALIMENTA TU BEBÉ DESDE EL VIENTRE MATERNO 

La placenta es un órgano muy complejo que alimenta al feto, libera hormonas y enzimas, cuenta con un espacio con vellosidades donde se realizan funciones metabólicas endocrinas y depende casi completamente de la sangre de la madre.
La placenta se encarga de transportar los alimentos y el oxígeno del sistema circulatorio de la madre hacia el feto y el bebé envía productos de eliminación hacia la placenta. De este modo se produce un intercambio entre la madre y el feto, la circulación sanguínea de la madre y el feto son totalmente independientes.
La comida que tu ingieres va directamente desde tu boca al cordón umbilical, y cuando los alimentos pasan a través de tu aparato digestivo, los nutrientes son absorbidos por el estómago y estos se traspasan hacia el feto al igual que el agua y el oxígeno por el torrente sanguíneo de la madre.
La placenta es un filtro muy eficiente que rechaza elementos nocivos como las bacterias que pueden dañar a tu bebé, sin embargo, el alcohol y la cafeína pueden atravesarla. Por eso es muy importante cuidar tu alimentación.
La comida desciende por el esófago.  En el estómago la comida se descompondrá en glucosa, grasa y proteína. Después de la digestión la comida es absorbida por la sangre. Y pasará de la madre al hijo a través de la placenta. Un filtro muy eficiente, que rechaza elementos dañinos como las bacterias que pueden afectar al feto.
Elementos muy pequeños pueden traspasar la barrera: oxigeno, proteinas, minerales, glucosa, cafeína, vitaminas y alcohol.
Después de pasar al torrente sanguíneo estos elementos van al feto a través del cordón umbilical.
Así es la alimentación de un bebé en el vientre materno.

Fuente: W news Español

Actualidad: El papá que cuida al bebé no “ayuda”, ejerce la paternidad

El padre que atiende el llanto del bebé, que lo mece, que le cambia los pañales y le enseña las primeras palabras, no está “ayudando” a la mamá, está ejerciendo el papel más maravilloso y responsable de su vida: el de la paternidad. Son sin duda matices de un lenguaje a modo de trampas disimuladas en las que caemos muy a menudo y que es necesario trasformar.

A día de hoy, y para nuestra sorpresa, seguimos escuchando a muchas personas poner en voz alta la clásica frase de “mi pareja me ayuda en el trabajo del hogar” o “yo ayudo a mi mujer en el el cuidado de los niños”. Es como si las tareas y responsabilidades de una casa y de una familia tuvieran patrimonio, un sello distintivo asociado al género y del cual aún no nos hemos desprendido del todo en nuestros esquemas de pensamiento.

“Padre no es el que da la vida, padre es el que nos educa con amor”

La figura del padre es igual de relevante que la de una madre. Queda claro, no obstante, que el primer vínculo de apego del recién nacido durante los primeros meses se centra en la figura materna. Sin embargo, en la actualidad, la clásica imagen del progenitor donde se focalizaba la férrea autoridad y el sustento básico del hogar ya no se sostiene y debe ser invalidada.

Debemos dar fin al caduco esquema patriarcal donde las tareas se sexualizan en rosa y azul, con el fin de propiciar cambios reales en nuestra sociedad. Para ello, debemos sembrar el cambio en el ámbito privado de nuestros hogares y, ante todo, en nuestro lenguaje.

Porque el papá “no ayuda”, no es alguien que pasa por casa y aligera el trabajo de su pareja de vez en cuando. Un padre es alguien que sabe estar presente, que ama, que cuida y se responsabiliza de aquello que da sentido a su vida: su familia.

El cerebro de los hombres durante la crianza

Algo que todos sabemos es que el cerebro de las mamás experimentan asombrosos cambios durante la crianza de un bebé. El propio embarazo, la lactancia así como el cuidado cotidiano del niño favorecen una reestructuración cerebral con fines adaptativos. Es algo asombroso. No solo se incrementa la oxitocina, sino que la sinapsis neuronal cambia para aumentar la sensibilidad y la percepción con el fin de que la mujer pueda reconocer el estado emocional de su bebé.

Ahora bien… ¿y qué ocurre con el padre? ¿Es quizá un mero espectador biológicamente inmune a a dicho acontecimiento? En absoluto, es más, el cerebro de los hombres también cambia, y lo hace de un modo sencillamente espectacular. Según un estudio llevado a cabo en el” Centro de Ciencias del Cerebro Gonda de la Universidad de Bar-Ilan”, si un hombre ejerce un papel primario en el cuidado de su bebé experimenta el mismo cambio neuronal que una mujer.

A través de diversos escáneres cerebrales, efectuados tanto en padres heterosexuales como en homosexuales, pudo verse que la actividad de sus amígdalas era 5 veces más intensa de lo normal. Esta estructura se relaciona con la advertencia del peligro y una mayor sensibilidad al mundo emocional de los bebés.

Asimismo, y este dato puede sorprender a más de uno/a, el nivel de oxitocina segregado por un padre que ejerce el rol de cuidador primario es igual al de una mujer que cumple también su papel como madre. Todo ello nos revela algo que ya sabíamos: un padre puede relacionarse con sus hijos al mismo nivel emocional que la madre.

La paternidad y la maternidad responsable

Hay padres que no saben estar presentes. Hay madres tóxicas, padres maravillosos que crían a sus hijos en soledad y mamás extraordinarias que dejan huellas imborrables en el corazón de sus niños. Criar a un hijo es todo un desafío para el que algunos/as no están preparados y que muchos otros afrontan como el reto más enriquecedor de sus vidas.

Con ello queremos dejar claro un aspecto: la buena paternidad y la buena maternidad no sabe de sexos, sino de personas. Aún más, cada pareja es muy consciente de sus propias necesidades y llevará a cabo las tareas de crianza y atención en base a sus características. Es decir, son sus propios miembros quienes establecen el reparto y las responsabilidades del hogar en base a la disponibilidad.

El llegar a acuerdos, el ser cómplices uno del otro y el tener claro que el cuidado de los hijos es responsabilidad mutua y no exclusividad de uno solo creará esa armonía favorecedora en la que el niño crecerá en felicidad teniendo ante todo un buen ejemplo.

Asimismo, y más allá de los grandes esfuerzos que cada familia lleva a cabo en el seno de su propio hogar, es necesario que también la sociedad sea sensible a ese tipo de lenguaje que alimenta las etiquetas sexistas y los estereotipos.

Las mamás que continúan con su carrera profesional y que luchan por tener una posición en la sociedad, no son “malas madres” ni descuidan a sus hijos. Por su parte, los papás que dan el biberón, que buscan remedios para los cólicos de sus bebés, que van a comprar pañales o bañan cada noche a los niños no están ayudando: ejercen su paternidad.

Autora: Valeria Sabater, psicóloga y escritora.

Fuente: www.lamenteesmaravillosa.com

 

Disquecia del Lactante

El llanto de los bebés es su manera de comunicarse con nosotros y de pedirnos ayuda para que hagamos algo, y la reacción lógica de los padres es intentar calmar a los bebés, retornarles a un estado de calma en que se encuentren bien de nuevo.

Uno de esos momentos es cuando quieren hacer caca y no lo consiguen, y es un momento duro porque los padres desearían hacer algo y no saben qué, y ven que el bebé hace fuerza, se pone rojo, se arquea y llora sin conseguirlo. Es lo que se conoce como “disquecia del bebé”

Disquecia del bebé: NO es estreñimiento

Cuando un adulto no consigue defecar sufre, se queja, hace esfuerzos y siente dolor para echar el bolo fecal porque está duro y es relativamente grande. Es lo que conocemos como estreñimiento. Por este motivo, los padres suelen hacer una regla de tres al ver a su  bebé con los mismos síntomas: se queja, hace esfuerzos, llora, se pone rojo, se arquea y parece que sufre para hacer caca. Después la hace, al final, y entonces se queda tranquilo. ¿Conclusión? Pensamos que tiene estreñimiento, porque todo coincide.

Sin embargo no todo coincide, porque lo que motiva esos síntomas en los adultos es que las heces son duras, pero los bebés cuando hacen caca la hacen deshecha, prácticamente líquida, con algunos grumos, pero totalmente blanda. Sólo la suelen hacer más bien pastosa, con más densidad, cuando toman leche artificial, que se digiere peor que la leche materna.

Por eso en los bebés no se dice que tengan estreñimiento, pese a comportarse igual al hacer caca, porque si un adulto con estreñimiento toma un  laxante empezará a hacer caca más líquida y desaparecerán las molestias pero si se lo das a un bebé conseguirás que haga la caca aún más líquida de lo que ya la hace, pero las molestias seguirán estando presente en muchas ocasiones. Y eso es porque lo que tiene el bebé no es estreñimiento, sino la llamada disquecia del lactante.

Qué es la disquecia del lactante?

Suena a enfermedad, o algo que haya que solucionar, pero no lo es en realidad. Es algo normal y natural que sufren muchos bebés y que desaparece cuando pasa el tiempo, como tantos “males” de los bebés en las primeras semanas.

La disquecia del lactante es un asincronismo entre lo que el bebé quiere hacer y lo que en realidad hace, por inmadurez. De manera coloquial:  “el bebé aprieta para hacer caca pero en su ímpetu por apretar acaba apretando también la cola, el esfínter, y no puede sacarla”.

Una definición un poco más técnica de acuerdo a la Asociación Española de Pediatría:

Hay un cuadro llamado “disquecia del lactante” que se define como al menos 10 minutos de esfuerzo y llanto antes de la emisión de heces blandas en menores de 6 meses. Se cree que se produce porque el bebé realiza los esfuerzos de empujar con el esfínter anal cerrado, y que por eso le cuesta. Cuando el esfínter se abre, salen las heces sin dificultad y cesa el llanto. Es un cuadro benigno que suele mejorar espontáneamente.

Por lo tanto  no es una enfermedad ni un síntoma de nada, sino algo muy común en los bebés cuya cura es la paciencia y el tiempo, y entre medio, algunos masajes en la pancita  (en el sentido de las agujas del reloj) a combinar con la flexión de las piernitas presionando un poquito el abdomen (sin pasarse), por si en una de esas lograra soltar la caca.

No se puede dar infusiones o estimular el ano.

Las infusiones no suelen recomendarse porque no van a ayudar al bebé a hacer caca (recuerde, la caca ya es líquida o blanda, y el problema es que el bebé hace fuerza pero no abre los esfínteres), y porque, pese a que tranquiliza a los padres, que sienten que están haciendo algo por sus bebés, lo que se provoca es la sensación de que hay que tratar incluso aspectos normales de los bebés, considerándolos patológicos y haciendo que, a la larga, se acaben medicando más procesos de los necesarios.

Estimular el ano, puede acostumbrarse entonces a hacer caca solo cuando se le estimule, y entonces no solo no se habrá solucionado la disquecia (que se soluciona sola), sino que la habremos empeorado.

Siempre ante cualquier duda consulte con el pediatra del bebé.

Crianza: Peso y salud

″¡Qué lindo es y qué gordito está!″.

Seguro que has oído esta frase más de una vez cuando alguien está elogiando a un bebé. Un bebé ″gordito″ en nuestra cultura se ve a menudo como un bebé sano y hermoso. Es más, se considera que una mamá que tiene un bebé gordito, es una mamá que está haciendo un buen trabajo.

Cuando el pediatra mide al bebé en las tablas de crecimiento y nos da el percentil en el que se encuentra, saber que está por encima de la media suele ser motivo de satisfacción y que está por debajo motivo de preocupación, aunque el bebé esté igual de sano en los dos casos.

Peso y salud

El hecho de que un bebé sano se haya asociado durante mucho tiempo en nuestra cultura con un bebé que se ve ″gordito″ tiene su lógica. Las generaciones anteriores no lo tuvieron fácil para criar bebés. Por un lado, no existían las vacunas que tenemos hoy en día a nuestra disposición, ni los antibióticos o tratamientos para la mayoría de las enfermedades que ahora se pueden prevenir o tratar y antes podían acabar con la vida de un bebé. A esto hay que añadir la hambruna y la malnutrición que, en algunos países, también estaban presentes en muchas familias.

Un bebé gordito tenía más posibilidades de sobrevivir un problema de salud que uno que no estuviera bien alimentado. De ahí viene en parte el valor que le dan muchas culturas, incluida la nuestra, a un bebé con exceso de peso.

Sin embargo, las cosas han cambiado mucho en las últimas décadas. Hoy en día, la obesidad infantil es un problema grave y, en muchos casos, este problema inicia en la infancia. Los niños no ganan sobrepeso de la noche a la mañana, es un proceso gradual que se desarrolla a lo largo de meses o incluso años.

Las repercusiones que la obesidad infantil tiene en un niño pueden ser muy graves. Por ello es muy importante saber cuál es la mejor alimentación que le puedes dar a tu bebé, desde que es chiquito, para que mantenga un peso saludable.

Niños gorditos antes y ahora

Hay otro factor a tener en cuenta cuando hablamos de niños gorditos. Antes, en la generación de nuestras madres o abuelas, el hecho de que un niño pequeño tuviera unos kilos de más no era un gran motivo de preocupación porque, a medida que el niño crecía, este exceso de peso solía desaparecer gradualmente.

Pero la vida que se hacía antes era bastante diferente de la que se hace ahora. Los niños hacían mucho más ejercicio jugando en la calle y la alimentación no contenía una cantidad tan grande de azúcares y grasas como tiene ahora.

Hoy en día los niños hacen mucho menos ejercicio. La televisión y los videojuegos han pasado a convertirse en pasatiempos favoritos, en lugar de los partidos de fútbol y los juegos de correr y pillar que antes eran sus diversiones habituales.

Además, debido a la falta de tiempo, las familias de hoy utilizan a menudo alimentos ya preparados, comidas precocinadas o comidas rápidas. Estos alimentos suelen tener una proporción más alta de azúcares y grasas que los alimentos naturales. Y las sodas, que son tan comunes hoy en día, se tomaban antes de forma ocasional y excepcional en una fiesta de cumpleaños o celebración, no formaban parte de la dieta diaria como sucede en la actualidad.

El exceso de calorías, unido a una falta de ejercicio, tiene como consecuencia el exceso de peso.

¿Qué hacer?

Los niños latinos se están viendo especialmente afectados por la epidemia de obesidad infantil en los Estados Unidos y cuanto antes comienza un niño a tener exceso de peso, más posibilidades hay de que sea obeso en la edad adulta.

Sin embargo, aunque tu pediatra te diga que tu niño pesa más de lo que debería, puede ser difícil aceptarlo, especialmente si tu mamá o tu abuelita te insisten, con buenas intenciones, en que tienes que darle de comer más a tu bebé, o que no está engordando lo suficiente. Pero fíate de tu pediatra. Si te dice que tu hijo tiene sobrepeso, sigue sus recomendaciones para llevarlo al peso adecuado para su etapa de crecimiento. Y si considera que tu bebé está sano y que su peso está bien, aunque la abuelita opine lo contrario, estate tranquila.

Dejar de darle el pecho a un bebé chiquito y pasar a la fórmula para ver si ″engorda″ o añadirle cereales al biberón no son buenas estrategias porque una alimentación excesiva en la infancia frecuentemente es causante de problemas de obesidad en el futuro.

Revisado por el Dr. Alberto Gedissman

 

Estimular vs interactuar: distintas miradas sobre el movimiento en los bebés

En general se habla de estimular tempranamente a los bebés cuando están aprendiendo a gatear y a moverse, pero pocos conocen la otra corriente, la del acompañamiento y juego libre.

Solemos escuchar que la estimulación es la mejor manera de ayudar a los bebés en su crecimiento. Sin embargo, hay estudiosos que sugieren que es exactamente al revés. Es el caso de Emmi Pikler , una pediatra formada en Viena que ejerció en Budapest en 1930, promoviendo el desarrollo motor autónomo. Su mirada considera a los niños como seres activos con iniciativa propia, dotados con una programación genética que hace que el aprendizaje se produzca de manera perfecta.

El pensamiento consensuado se centra en resultados visibles, conla idea de que cuanto más estimulado sea un niño más expandirá su potencial. Y muchas veces ocurre lo contrario.

Consecuencias negativas de sobreestimular

* Los niños estimulados muchas veces empiezan a centrarse en lo que el adulto espera de ellos; lo que los lleva a perder su propio eje.

* La exigencia se transforma en un estado permanente de alerta, porque a partir de ese momento estarán siempre preguntándose si hacen las cosas bien o no, y si serán aprobados o no.

* Es importante recordar que en todo proceso vital está en juego el afecto; el bebé, entre otras cosas, hará lo que sea para sentirse amado y aceptado.

* Los procesos son lo más importante y, si están bien llevados a cabo, los resultados vendrán solos. Si los forzamos, a veces redunda en lo contrario.

Criar según “modas”

La cultura, las modas, recomiendan formatos y estímulos. Antiguamente, era envolver a los bebés como momias; ahora estas prácticas son menos invasivas, como poner al bebé boca abajo o sentarlo entre almohadones. Anticipan un proceso cuyo resultado se dará de todas maneras de forma espontánea.

El error de lectura es que cuando el niño lo hace, el adulto cree que fue gracias a sus intervenciones. Y verdaderamente fue a pesar de éstas. Lo peligroso es que al interrumpir el proceso del desarrollo -la motricidad autónoma- los niños que, por ejemplo, fueron sentados de manera anticipada, rara vez logran gatear.

El gateo es una fase muy importante del despliegue de la motricidad autónoma, porque son los movimientos precursores de la marcha que a su vez se integran en el cerebro para intervenir en otros procesos como en el lenguaje. Al inhibir la posibilidad de que el niño gatee, entonces también se dificultan otros procesos de adquisición de habilidades.

Otra consecuencia perjudicial de la intervención es la frustración que experimenta un niño por no poder hacer lo que hacen otros. También la sensación de necesitar ayuda porque “estando solo no me sale”. Y, por último, la instalación de un patrón de exigencia constante de tener que brindar un resultado para satisfacer a mamá en lugar de respetar tiempos y necesidades propias.

Gatear, estar acostado, rolar

Las prácticas adecuadas para posibilitar un desenvolvimiento óptimo, en este caso de la motricidad (pero que tiene impactos en otras áreas), son: dejar al bebé acostado en una colchoneta en posición boca arriba, sin medias y sin guantes, porque los pies y las manos en este momento del desarrollo tienen exactamente la misma capacidad sensorial y motriz.

Si si el adulto cree que el bebé siente frío por los pies, es en realidad el mismo frío que siente por las manos. Los bebés pequeños no caminan y no están apoyados en el suelo frío, por lo tanto, si las manos no necesitan protección, tampoco lo necesitan los pies, dado que están a la misma altura del cuerpo, a la misma distancia del corazón y a la misma exposición.

De hecho, tanto en los pies como en las manos, durante el primer año de vida, hay innumerables terminaciones nerviosas que se ocupan no solamente de la sensorialidad sino del sentido de la propiocepción. La propiocepción nos permite registrar al cuerpo por dentro, el esquema corporal tiene que ver con él y no solamente a nivel de la postura sino de la capacidad de acción, de los movimientos. Por lo tanto, tener los pies cubiertos resulta perjudicial porque inhibe la capacidad fisiológica que necesitan desarrollar para llevar a cabo otras acciones como el sostén, el equilibrio, la coordinación del gateo y, más adelante, la marcha, con efectividad.

Y un dato más: está comprobado que si los pies no pueden ejercer este empuje y sostén, son las manos las que se encargarán de complementar dichas acciones. Pero las manos tienen otras tareas, como la de captar elementos, y permitir al niño conocerlos, investigarlos y desarrollar habilidades cognitivas como el pensamiento, el razonamiento, las deducciones, etc. Si las manos deben ocuparse de lo que le corresponde a los pies, entonces se impide su verdadero potencial con su consecuente impacto en el cerebro y, en este caso, la inteligencia.

Cuanto más rico es el desarrollo motriz inicial, mayor es el impacto en la motricidad fina y gruesa, cuyas funciones son totalmente distintas y apuestas. La fina se orienta a la manipulación de los elementos cotidianos -comer con cubiertos, vestirse, manipular objetos complicados, tocar un instrumento-. Mientras que a la motricidad gruesa se deben las posturas, los cambios en el espacio y los desplazamientos, que son el resultado final de millones de ensayos y errores que hicimos para lograr una optimización de los resultados.

Si los niños desarrollan estas destrezas de manera no competitiva, es fuente de gran satisfacción.

Entonces, volviendo a lo que decíamos, desde la posición horizontal, el bebé logrará ir rolando y cambiando de posición; boca arriba – boca abajo, cuando sienta que domina el peso de su cabeza en la transición, y lo hará solo. La cabeza no solo es sostenida por el cuello sino por toda la columna. Y desde esta posición boca abajo es que logrará reptar, luego gatear y finalmente sentarse.

¿Interacción o estimulación?

Lo que este enfoque propone es interactuar en lugar deestimular. No forzar posturas en el bebé o niño, sino hacer las cosas en forma conjunta. Que haya un diálogo, un contacto visual, un relato por parte del adulto de lo que hace y hará con él -medidas anticipatorias que le permiten prepararse emocional y físicamente-.

En este marco también se encuadra el juego libre, y de ahí su importancia. Porque es un espacio en el que el niño puede desplegarse en libertad, conocerse a sí mismo y vincularse con los demás y el entorno.

Autora: Melina Bronfmanespecialista en desarrollo infantil, crianza respetuosa y fisiológica, musicoterapeuta y eutonista. Ofrece espacios de juego libre para familias en su Centro Materpater.

 

Actualidad: Niños con apego, adultos con habilidades

Gobiernos y empresas deberían fortalecer este activo con medidas como permisos de maternidad más largos y programas de conciliación familiar

“Ese niño está muy apegado a su madre”, hemos oído en infinidad de ocasiones y la impresión que dejan esas palabras es que hablan de un niño inseguro, dependiente y con más defectos que virtudes. Sin embargo, numerosos estudios demuestran que ese niño tiene más posibilidades de ser un adulto con mayores habilidades, mayor lenguaje, más autónomo y que se desenvuelva mejor en la vida adulta.

El apego se define por la Real Academia Española como la “afición o inclinación hacia algo o alguien”, palabras demasiado objetivas para reflejar el torrente de sentimientos que ese alguien o algo puede provocar en un niño y en su comportamiento futuro. En la práctica, el apego es una intensa vinculación afectiva que busca proximidad en momentos de amenaza porque proporciona seguridad, consuelo y protección. En los niños, esta relación nacida de la certeza de que sus progenitores o cuidadores van a estar ahí cuando los necesite, fue estudiada durante muchos años por la llamada teoría del apego. Concebida hace más de 50 años por el psicoanalista británico John Bowlby y posteriormente validada científicamente por la psicóloga norteamericana Mary S. Ainsworth, sostiene que la calidad de los vínculos personales durante el primer año de vida influye profundamente en nuestro comportamiento como adultos.

Últimamente, la teoría del apego está adquiriendo nuevo brío gracias a su aplicación en los jardines de infantes o en programas de coaching para ejecutivos por su interpretación de las causas que hacen que los seres humanos se comporten de determinada manera en sus relaciones con los demás. Porque, sostiene, en función del trato que hayamos recibido de nuestros padres o cuidadores, nuestro cerebro tiene un registro claro e indeleble del funcionamiento de las relaciones sociales, lo que nos permite desarrollar estrategias futuras para la supervivencia en un entorno social.

Pero la teoría del apego se desarrolló en un contexto histórico en el que las mujeres reclamaban sus derechos a la igualdad y a la independencia y eran pocas las que estaban plenamente incorporadas al mercado laboral. Las madres han sido siempre consideradas el referente principal para los niños dado que son las que más tiempo pasan con ellos, particularmente durante el primer año de vida, y las que finalmente tienen, según esta teoría, un papel definitorio en su vida adulta. Por ello, el hecho de que la mujer se haya convertido en un activo económico ha marcado nuevas tendencias.

Un informe publicado recientemente por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) sostiene que en América Latina y el Caribe las mujeres se han convertido en motores de transformación de la dinámica familiar con su contribución económica a los hogares, que ha pasado de un 28% en 1996 a un 35% en 2014. Muchas de estas mujeres son madres, por lo que en los últimos 10 años la cobertura de los servicios de jardines de infantes o de centros de desarrollo infantil se ha duplicado en países como Brasil y Chile y se ha multiplicado por seis en Ecuador, según datos publicados por el BID, aunque la calidad deja bastante que desear, según otra publicación de la misma institución.

Por otro lado, los permisos de maternidad desempeñan un papel fundamental en el apego de los niños y en sus efectos posteriores. Un estudio analizó los efectos a largo plazo del aumento de las licencias de maternidad remuneradas en Noruega a finales de los años setenta. Encontró que las madres que se vieron beneficiadas por la reforma pasaron, en promedio, cuatro meses más con sus hijos, lo que llevó a una marcada reducción (entre el 2% y el 2,5%) de las tasas de deserción escolar en las escuelas de educación secundaria y dejó ver un impacto importante en el aumento de su coeficiente intelectual.

En América Latina las mujeres cuentan con una media de tres meses de permiso de maternidad, periodo inferior al límite mínimo de 14 semanas establecido por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en su Convenio 183 sobre Protección a la Maternidad. Sin embargo, Cuba y Venezuela otorgan licencias de 18 semanas con el sueldo íntegro de la trabajadora mientras que Chile y Brasil conceden hasta seis meses. En el caso de Bolivia, la trabajadora tiene su puesto asegurado durante el embarazo y el año posterior al parto, en tanto que en Panamá se asegura la continuidad en el puesto hasta un máximo de un año tras haber concluido el permiso de maternidad.

El permiso de maternidad de España es de los más cortos de los países de la Unión Europea. La baja por maternidad consta de 16 semanas ininterrumpidas que se pueden repartir entre ambos progenitores siempre y cuando sea la madre la que disfrute las seis semanas inmediatamente posteriores al parto.

Permisos de maternidad más largos, programas de conciliación familiar, promoción de la participación masculina en la crianza de los niños, regulación generosa de las horas de lactancia, centros de cuidado infantil próximos o dentro del lugar de empleo de las madres… son conceptos que deberían tenerse en cuenta hoy en día para incluir el apego, que lejos de ser un sentimiento inmaterial ha pasado a ser un activo a fortalecer tanto desde las esferas públicas como las privadas.

Foto: La parlamentaria australiana Larissa Waters, con su bebé en el Parlamento. MICK TSIKAS (EFE)

Autora: Florencia López Boo es economista sénior de la división de protección social y salud del BID.

Nota extraída de www.elpais.com

La intimidad en el postparto es una necesidad normal

Uno de los principales hechos que ni la familia ni la sociedad en general debe ignorar es la necesidad de intimidad de la mujer que acaba de dar a luz.

Las necesidades emocionales de madres y recién nacidos son una parte fundamental de la atención a su salud. Hoy por hoy se sabe, además, que la satisfacción y la felicidad influyen enormemente en el estado físico y en la capacidad para remontar problemas médicos. Todo eso debería, como he dicho, ser tenido en cuenta por la familia y por el entorno sanitario, considerando que crear el ambiente adecuado para la salud emocional es una de sus obligaciones fundamentales.

Si hablamos de madres recién paridas la cuestón es muy importante. La hembra humana y su cría son mamíferos. Instintivamente precisan un parto y un puerperio en intimidad, sin interrupciones, sin desconocidos, sin intromisiones innecesarias.El parto ideal sucedería en la penumbra y con la atención, cuando fuese precisa, solamente de personas de máxima confianza para la mujer. El puerperio y el comienzo de la lactancia no son diferentes. Madre e hijo, piel a piel, sostenidos por los más cercanos pero en una burbuja en el que las hormonas fluyan y refuercen el vínculo creado en el momento del parto en aquella primera mirada. El lugar adecuado sería el que nos haga sentir en una guarida, un nido o una cueva. No una sala comunal llena de gente desconocida.

La lactancia materna es un proceso físico, pero también tiene repercusiones hormonales y emocionales. Interrupciones, tensión, visitas, aparición de desconocidos, todo eso influye negativamente en su correcta implantación. Y además todo eso supone, muchas veces, sensaciones desagradables e inexplicables para la madre.

La mujer que no amamanta o que está teniendo dificultades para dar el pecho necesita las mismas atenciones y un entorno plácido e íntimo, casi diría que hay que mimar esto más todavía, pues las hormonas que su cuerpo produce causan sentimientos muy intensos. La madre puérpera y su hijo son seres únicos que necesitan un nido seguro donde sentirse protegidos.

Los hospitales deben servir para cuidar el cuerpo pero sin dejar de lado la salud psicofísica. Las necesidades emocionales y de intimidad de una mujer puérpera son importantísimas para el vínculo, la lactancia y la prevención de depresiones. Debemos velar para que se sienta protegida y feliz.

Los bebes necesitan contacto físico permanente con sus madres siempre que no haya verdaderos problemas médicos que impidan el método canguro. Los padres deben poder estar con las madres y los bebés todo el tiempo para sostenerlos. Si los hospitales no cumplen con esta importante parte de la atención al parto y al postparto están fracasando.

En esta primera etapa suele suceder que las mujeres sientan que han perdido el control sobre algunas de sus emociones y se asustan al no entenderlas. El que una madre se sienta rabiosa o asustada si otra persona toma en brazos a su hijo es normal, completamente normal. El que una madre sienta deseos de esconderse de la vista de todos es normal también. Incluso hay madres que desean oler todo el cuerpo del bebé y hasta de lamerlo, y eso, aunque nos asombre, es un instinto normal. Ser mamíferos y animales es parte de nosotros. Aceptar esa parte no nos convierte en menos civilizados o humanos. Nos ayuda a integrar las sensaciones nuevas y a ser nosotros mismos. Si la mujer se siente así no está loca, no es una exagerada, no está haciendo nada malo. De ningún modo hay que cuestionarla ni hacerla sentir culpable. Lo que siente es lo que siente. Es una hembra con su cría recién nacida.

No tiene nada de malo el querer que nuestra sociedad se adapte a esta faceta de la femineidad. Ser mujer es también ser hembra. Y cuando se es madre reciente la hembra que llevamos dentro sale con toda su fuerza.

Muchas mujeres sufren en el postparto de sentimientos encontrados de felicidad y desasosiego. Algunas caen en depresiones incluso. En general podemos encontrarnos con que muchas madres recientes lloran, tienen miedo y sienten rechazos intensos a las intromisiones. Y, como decía, eso también es normal. Obligatorio no, pero si sucede, es conveniente saber respetarlo.

Al regresar a casa la situación no tendría ser diferente. Las visitas pueden esperar. Quien venga a casa deberían ser personas que no produzcan tensión emocional a la madre, que no la cuestionen ni cojan al bebé si ella no lo desea. Y no estaría mal que estén dispuestas a cargar con las tareas del hogar que la puérpera no está en el momento de poder atender.

Si hiciésemos una trasposición de esa situación a nuestra vida actual un puerperio bien atendido sería aquel en el que la madre puede dedicarse con exclusividad a su bebé, alimentándolo, piel a piel continuamente, contenida y sostenida por su pareja. Y en intimidad. Otras personas, el padre o personas de enorme confianza, cuidarían de la casa, los otros hijos y la alimentación hasta que madre y bebé pasaran ese primer mes agotador, desconcertante y maravilloso.

Este ideal no es siempre posible. Pero tratar de conseguirlo, en la medida de las posibilidades de cada familia y centro médico, seguro que ayudaría a que las madres y sus bebés comenzaran el camino de la vida mejor. La necesidad de intimidad de los primeros días es algo que ni las familias ni los centros médicos deberían ignorar.