EL CALOSTRO, UN TESORO

Muchas culturas han considerado —y algunas aún consideran— que el calostro no sirve o es malo y, por tanto, hay que evitarlo. En estos casos, se deja al bebé varias horas, a veces días, sin comer absolutamente nada o se les alimenta con preparados tradicionales.

Pero nada más lejos de la realidad, ya que el calostro es un alimento único y adaptado a las necesidades específicas de un bebé recién nacido.

El calostro empieza a producirse entre las 12-16 semanas de embarazo y, a veces, su presencia es visible pero otras veces no, y este hecho no tiene la menor importancia ni determina el curso de la futura lactancia ni la producción de leche que la madre tendrá. Es más habitual observar la presencia de calostro en el segundo embarazo con el primero, ya que el pecho después de una primera lactancia está mucho más preparado.

Cuando un bebé nace le basta con el calostro. La primera función del calostro para el bebé es la de protección y, la segunda, la alimentación. Por lo tanto, un bebé debe ir tomando pequeñas cantidades, de 8 a 12 veces al día, de calostro durante unas setenta y dos horas.

Las cantidades siempre son mínimas y perfectamente adaptadas a la capacidad estomacal del bebé. A medida que el bebé ingiere el calostro, este va tapizando su mucosa intestinal y le protege de infecciones. Habitualmente, los recién nacidos se muestran ansiosos y demandantes, quieren estar pegados al pezón y succionar de manera continua. Este “trabajo” que realiza el bebé garantiza la llegada de la leche de transición, que es la leche que precede a la leche madura, y el buen establecimiento de la lactancia y no debería ser interpretado como una falta de alimento.

¿Cómo es el calostro

El calostro es visiblemente diferente a la leche madura, es de color amarillo o anaranjado ya que está saturado de vitaminas, en especial de betacarotenos que tienen un efecto antioxidante sobre las células del bebé.

Pero el rasgo más distintivo del calostro es su composición única que le hace parecerse mucho a la sangre, es un cóctel inmunológico, una primera vacuna especial y única.

El calostro, además, evita la adherencia de patógenos y reviste la mucosa gástrica de una capa protectora que evita que las bacterias puedan penetrar en ella. El calostro está lleno de células vivas que trabajan para proteger al recién nacido. Estas células transmiten información inmunológica de madre a hijo por lo que ofrecen una protección tanto a corto plazo como en la edad adulta. Se ha demostrado científicamente que en caso de un trasplante de órganos entre madre e hijo, si éste fue amamantado, tiene más opciones de que el trasplante sea un éxito, ya que el cuerpo del receptor “reconoce” ese órgano como propio y no lo ataca.

El calostro tiene altas cantidades de sodio, potasio, cloruro y colesterol que tienen la función de estimular el crecimiento óptimo del corazón, el sistema nervioso central y el cerebro.

El calostro también tiene muchas más proteínas que la leche madura, que tienen una importante tarea de protección, nutrición y, además, controlan los niveles de azúcar en sangre del bebé. Esto es especialmente importante pues los bebés que tienen dificultades para mantener sus glucemias.

La lactoferrina es una proteína presente en el calostro, con actividad antibacteriana y antifúngica, aparece en la orina de los niños que lo han tomado, y parece ser que de esta manera el sistema urinario se protege también frente a las infecciones que suelen afectar a los recién nacidos con mucha facilidad.

¿A partir de cuándo se deja de producir calostro?

Habitualmente, la madre produce calostro durante las primeras 48 a 72h tras el nacimiento del bebé. Si, lejos de este plazo de tiempo, todavía seguimos produciendo calostro puede ser significativo de que algo puede estar interfiriendo nuestra producción de leche y será recomendable acudir al ginecólogo.

¿Me puedo extraer calostro?

Pueden existir diferentes situaciones por las que una madre necesita extraer calostro para su bebé. Si es el caso, el método más recomendable y práctico es la extracción manual.

¿Y puedo extraer calostro durante el embarazo?

Sí, en algunas circunstancias es incluso recomendable extraer calostro durante el embarazo. Tener una pequeña reserva de este calostro prenatal, puede ser de mucha ayuda para poder administrarlo al bebé en las primeras horas posteriores al nacimiento, en especial cuando, por ejemplo, la madre sufre diabetes gestacional.

El calostro es, en definitiva, un tesoro, oro amarillo, que se sirve en la medida justa en el momento justo para garantizar la mejor protección y la mejor alimentación.

Autora: Alba Padró. www.blog.lactapp.es

 

Las rabietas de los niños son el comienzo de la Inteligencia Emocional

Todos los niños pequeños tienen rabietas, y estas rabietas determinan la Inteligencia Emocional dependiendo de cómo los padres las enfoquen y trabajen sobre ellas. Cada rabieta infantil puede ser toda una oportunidad para enseñar a los niños a gestionar sus emociones, a que las entiendan y sobre todo, a empezar a tener Inteligencia Emocional. En cambio, si no se entienden las rabietas como oportunidades y se piensan que son negativas, entonces, puede que no se trabaje la Inteligencia Emocional y los padres se sientan frustrados y cansados la mayoría del tiempo… Porque las rabietas son normales e incluso saludables en los niños.

Las rabietas en los niños

Las rabietas son estallidos de emociones intensas cuando los niños no saben expresar con palabras qué es lo que les sucede en el interior. Solemos asociar las rabietas con los niños pequeños, pero la realidad es que los niños más grandes, los adolescentes e incluso los adultos pueden estallar en rabietas si no saben expresar o canalizar las emociones que tienen en su interior.

En los niños pequeños las rabietas suelen estar acompañadas de llantos, gritos y mucha rabia mal canalizada. Estos estallidos tan intensos hacen que los padres no sepan muy bien qué pueden hacer para conseguir que los pequeños recuperen su equilibrio interno. Pero estas rabietas son imprescindibles para mejorar la Inteligencia Emocional en el futuro de la vida de los niños.

No solo es un carácter fuerte, es la necesidad de querer expresar sus sentimientos y no saber cómo hacerlo. Es una necesidad de sentirse comprendidos para poder así, canalizar mejor las emociones, pero necesitan ayuda. Aunque es cierto que cada niño tiene su carácter y unos pueden tenerlo más fuerte que otros, en todos ellos se debe trabajar la Inteligencia Emocional para mejorar de este modo, su éxito futuro.

Ver las rabietas como oportunidades para trabajar la Inteligencia Emocional

A partir del primer año de vida de cualquier niño o niña será el momento en el que aparezcan las primeras rabietas y seguirán existiendo y siendo muy intensas hasta que el niño o la niña cumplan los 4 años. En esta edad, a los 4 años, el cerebro de los niños empieza a madurar y a entender mejor qué sucede a su alrededor, aunque sus emociones pueden seguir siendo muy intensas. También pueden tener problemas en la tolerancia a la frustración.

Cuando un niño tiene una rabieta nunca debe ignorarse porque se sentiría abandonado emocionalmente. Los niños que tienen una rabieta deben sentirse comprendidos, seguros y emocionalmente estables. Cuando un niño tiene una rabieta es necesario que los adultos no tengan también una rabieta porque eso solo intensificaría el malestar del ambiente y también el de los hijos.

Si tu hijo tiene una rabieta, no te quiere manipular ni tampoco está siendo ‘malo’. No es consciente de la gran carga emocional que tiene encima y piensan que lo que les sucede no tiene solución porque no son capaces de encontrarla por ellos mismos, por eso tu guía y tu apoyo es fundamental desde el principio. Solo quieren expresar lo que les ocurre pero no saben cómo hacerlo de forma adecuada y tú, se lo debes enseñar. Debes ayudarle a poner palabras a sus emociones, a entender qué le ocurre y sobre todo, a que sean capaces de buscar soluciones a lo que les está ocurriendo (con tu ayuda, no le resuelvas nada, simplemente orientales en su camino).

Cuando un niño tiene una rabieta no olvides:

  • Hacerle entender que no siempre se tiene lo que se quiere.
  • Ponerle normas y ser clara con ellas, no las rompas.
  • Explicarle dónde están los límites.
  • Hablarle en voz calmada, sin gritos y de forma segura.
  • Estar a su lado y no decirle que se calle con un grito, permite que exprese su emoción.
  • Esperar a que deje de llorar para poder hablar con tu hijo/a pero no te alejes mientras se va calmando.
  • Si tiene la rabieta en un lugar público actúa de igual manera, con calma. Llévale a un lugar apartado donde pueda tranquilizarse y así que se desahogue hasta que puedas hablar con él.

Autora: María José Roldán. www.etapainfantil.com

Olvida las tarjetas y las fichas: que jueguen con piedras y palos. Un experto explica cómo aprenden los niños

¿Cómo aprenden los niños y cómo puede su entorno ayudar o entorpecer ese proceso?

La respuesta a ambas preguntas está en los primeros años de nuestras vidas. Casey Lew-Williams es profesor de la Universidad de Princeton y codirector del Laboratorio de Bebés de Princeton. Nos habla de las mejores maneras de apoyar el crecimiento de los niños, el impacto de la pobreza en el aprendizaje temprano y por qué los juguetes educativos más sofisticados suelen ser menos efectivos que simplemente jugar, hablar, cantar y abrazar.

¿Qué es lo que Ud. investiga?

Mi principal área de interés es descubrir cómo aprenden los niños, especialmente cómo aprenden el lenguaje. Nuestra educación comienza en el primer día de nuestras vidas y se basa en dos factores: uno es la capacidad humana de detectar y recordar patrones, el otro es nuestro interés por otras personas. La comprensión de la interacción entre estos dos componentes puede ayudarnos a entender el aprendizaje, y nuestras experiencias infantiles son el fundamento del aprendizaje.

¿Cómo funciona el aprendizaje temprano?

El aprendizaje inicialmente se basa en la búsqueda de patrones en la información compleja que los bebés encuentran en su camino, como las palabras en el lenguaje. Los bebés tienen una capacidad increíble para eso. En el momento en que nacen, ven a sus padres u otros adultos haciendo cosas como mover la boca y los ojos, hacer sonidos y ofrecerles comodidad y comida. Y se enganchan. Se vinculan. Y con la gente a su lado, comienzan a navegar a través de los millones de bits de datos que llegan a sus ojos y oídos en cada momento. Encuentran estructura en ello, aprenden, y gradualmente se convierten en aprendices cada vez mejores.

Las experiencias que tenemos en la vida son una parte muy importante de esta ecuación. Si usted está creciendo en una familia con acceso a educación de alta calidad, nutrición y otros recursos, es más probable que crezca y se desarrolle de manera que maximice el potencial de su cerebro. Si nace en circunstancias más adversas, este proceso de aprendizaje puede ocurrir de manera diferente o más lenta.

Entonces ¿la pobreza afecta al aprendizaje?

Los niños nacidos en la pobreza enfrentan muchos desafíos. Por ejemplo, estudios en los Estados Unidos han demostrado que en las familias más ricas, los niños oyen decenas de millones de palabras en los primeros 4-5 años de sus vidas. En promedio, los niños que crecen en la pobreza oyen mucho menos palabras, en algunos casos, sólo un tercio en comparación con los niños más ricos. El lenguaje no es sólo una de las habilidades más complejas que aprendemos como seres humanos, también es un ingrediente clave para aprender las complejidades de otras habilidades, como lectura y matemáticas, e incluso nuestra vida social.

Pero es importante señalar que los retrasos en el aprendizaje pueden ser superados en algunas circunstancias. Por ejemplo, la terapia del habla puede ayudar a un niño a ponerse al día con sus habilidades lingüísticas. Pero también es importante señalar que la adversidad temprana puede tener consecuencias duraderas. Por ejemplo, investigaciones recientes muestran que si usted es un niño que vive en la pobreza, los lóbulos frontales y temporales de su cerebro pueden mostrar defectos de desarrollo. Estas regiones controlan cosas como el aprendizaje, la regulación de las emociones, el procesamiento de la información y la memoria.

¿Qué pueden hacer las familias en circunstancias difíciles para apoyar a sus hijos?

El juego es crucial. Los padres no necesitan poseer muchos juguetes ni comprar muchas cosas. Si un niño tiene acceso a algunos palos y algunas piedras y un adulto para jugar, se pueden lograr grandes cosas. Los procesos cognitivos requeridos para el juego simbólico en el patio de recreo son más exigentes que estar allí mirando las tarjetas.

Con niños pequeños, puede ser tan simple como rodar una pelota por el suelo, hablar y cantar al bebé, y abrazarle. Se trata de mostrar al bebé lo divertido que es estar con otra persona, y cómo comunicarse con los demás es gratificante. La interacción en vivo es mejor para aprender que ver pasivamente la televisión, razón por la cual algunas organizaciones médicas recomiendan ahora no ver televisión durante los dos primeros años de vida.

Los padres a menudo no se dan cuenta de que la educación comienza tan temprano y que desempeñan un papel tan destacado en el proceso de desarrollo y aprendizaje de su bebé, incluso desde que es recién nacido.

“Más juego” suena como una solución increíblemente simple. ¿Cuáles son los desafíos?

Muchas familias tienen que luchar para llegar a fin de mes, y aquellos que tienen menos dinero y menos educación, a menudo no tienen tanto “ancho de banda” para sus hijos. Es agotador ser padre en cualquier circunstancia, pero es mucho más agotador cuando no tienes los recursos que tienen otras familias. A menudo, tienen varios trabajos, pueden no tener acceso a transporte confiable, y hay una mayor incidencia de problemas como el estrés o la depresión. Esto reduce el tiempo y la energía para estar todos los días con el bebé y tener con el/ella interacciones de alta energía/calidad.

Pero si lo hacen, eso puede marcar una enorme diferencia. A nivel neuronal, en los primeros años de vida, tenemos más conexiones neuronales de las que jamás tendremos. Perdemos muchas de ellos con el tiempo, lo que en realidad es una señal de aprendizaje. Las conexiones que importan siguen siendo fuertes, mientras que las otras se disipan. El desarrollo neurológico sano es esculpido por interacciones de alta calidad y el juego. Y la infancia es el momento de favorecer que se produzcan conexiones neuronales de calidad.

 ¿Qué puede hacer la sociedad para ayudar a los primeros alumnos ya sus padres?

Me sorprende que los políticos no se apoyen en la neurociencia para abordar algunos de problemas complejos de la sociedad. Debemos invertir mucho más dinero en programas para familias con niños pequeños. Si queremos avanzar seriamente en temas como la desigualdad de ingresos, necesitamos pensar más en los niños.

Entrevista de Sophie Hardach para el Foro Económico Mundial

Traducida del artículo:
Forget flashcards, play with sticks. An expert explains how children learn

 

El tipo de lactancia recibida influye en la salud mental de niños y adolescentes

Mucho se ha escrito sobre los beneficios sobre la salud física de madre y bebé de la lactancia materna.  Pero no tanto acerca de cómo el modo de lactancia influye en el vínculo afectivo madre-bebé, y en la salud mental de las niñas y niños. Según la Dra. Ibone Olza, psiquiatra infantil, la lactancia materna es la herramienta fisiológica del vínculo afectivo.

Un estudio (1) llevado a cabo por un equipo dirigido por la Dra. Wendy Oddy, del Instituto Telethon de investigación en Salud Infantil, en Australia, nos ofrece datos interesantes sobre los efectos a largo plazo sobre el tipo de lactancia.  El estudio comenzó en 1989 con 2366 mujeres que entonces estaban embarazadas de 16 a 20 semanas.  Se hizo un seguimiento sobre la forma de alimentación de sus hijas e hijos, y otros datos relativos a su desarrollo cuando los niños alcanzaron uno, dos, tres, cinco, ocho, 10 y 14 años.  El seguimiento incluía la respuesta a cuestionarios sobre el comportamiento y las psicopatologías de los niños.

Una de las conclusiones es que los niños que habían disfrutado de una lactancia más larga, de más de seis meses, tenían menos problemas de salud mental en general, incluso una vez llegados a la adolescencia.

Entre las posibles causas apuntadas por los científicos, además de su efecto positivo sobre el vínculo afectivo, está el beneficio que el contacto con la madre ejerce sobre los sistemas neuroendocrinos de respuesta al estrés del bebé.  Es un hecho que la leche materna es un alimento inteligente cargado de hormonas del amor como oxitocina, prolactina y endorfinas, que ejercen una influencia muy positiva sobre el neurodesarrollo del bebé y sobre el vínculo con su madre, ambos relacionados entre sí  (2)

El hecho de que la lactancia materna implique muchas ocasiones y mucho tiempo de contacto físico y afectivo entre madre y bebé es sin duda un factor importante que también influye en la calidad del vínculo y en el neurodesarrollo.  Por eso la Dra. Olza recomienda, en caso de no dar pecho, dar el biberón como si fuera el pecho.

Otro factor que podría influir -según los investigadores- en la presencia en la leche materna de ácidos grasos de cadena larga y de componentes bioactivos que influyen en el equilibrio neuroendocrino del bebé, en un momento crítico de desarrollo cerebral.

Las dos primeras horas de vida y el vínculo de apego

Hay factores de la atención al parto y el posparto que influyen tanto en la calidad del vínculo entre madre y bebé y en el éxito de la lactancia materna. Un estudio (3) realizado en Rusia sobre las prácticas en el posparto (dejar al bebé piel con piel con su madre o separarlo de ella) reveló que el contacto piel con piel y la lactancia temprana en las dos primeras horas después de nacer potenciaba la sensibilidad de la madre hacia el bebé, la capacidad de autorregulación de éste y el apego entre ambos.  Eso es así porque las dos horas que siguen al nacimiento es una etapa crítica en el establecimiento del vínculo afectivo, para todos los mamíferos. 

Como se asista el posparto tiene un impacto muy grande no sólo en el vínculo, sino también en la lactancia materna.

El apego y la prevención de la drogadicción

Otro estudio (4) interesante relacionado con la influencia del contacto físico en la primera infancia sobre la salud mental es el realizado en la Universidad de Duke (EE UU) y la Universidad de Adelaida (Australia) y publicado en The Journal of Neuroscience, que ha demostrado que las caricias y el contacto físico en las especies mamíferas tiene efectos biológicos positivos sobre las crías, y entre otros efectos reduce la susceptibilidad a las adicciones.  En un experimento realizado con ratas, se constató que el contacto estrecho de las crías con su madre hace que su sistema inmune aumente la producción de una molécula llamada Interleucina-10, que entre otras funciones influye en la respuesta del cerebro ante sustancias potencialmente adictivas, al desactivar las reacciones de “recompensa” responsables de la adicción. La neurocientífica Staci Bilbo y sus colegas comprobaron que las crías que habían recibido más caricias maternas tras nacer tenían más genes activos destinados a producir esta sustancia en su cerebro, en una proporción directa con la cantidad de caricias y “arrumacos” recibidos.

Acceso a estudios:

(1) The Long-Terms Effects of Breastfeeding on Child and Adolescent Mental Health: A Pregnancy Cohort Study Followed for 14 years

(2) Emergent Synchronous Bursting of Oxytocin Neuronal Network.

(3) Early contact versus separation: effects on mother-infant interaction one year later

/4) Early-Life Experience Decreases Drug-Induced Reinstatement of Morphine CPP in Adulthood

Fuente: www..terramater.es

 

Las madres después del parto también necesitan que les presten atención

Durante el embarazo la madre se convierte en el centro de la atención de su pareja, familiares y amigos, quienes se preocupan continuamente por su estado de salud y bienestar emocional. Sin embargo, después del parto toda la atención se redirige al bebé, incluso la propia madre empieza a cuidar más de su hijo que de sí misma.

Sin embargo, después del parto la madre atraviesa por una de las etapas más agotadoras de su vida, sobre todo si es su primer embarazo, ya que tiene que enfrentar las responsabilidades que implica el cuidado de un bebé y además, lidiar con los cambios hormonales, físicos y emocionales que sobrevendrán. Por eso, en este momento sigue necesitando atención, mimos y cuidados.

Las primeras semanas tras el parto: Una etapa difícil para la madre

Tras el parto, las hormonas de la madre se revolucionan. Los niveles de progesterona y estrógenos, dos hormonas que estimulaban el desarrollo del bebé durante la gestación, caen en picada, mientras que la oxitocina, otra hormona que es la que ayuda a la madre a lidiar con las contracciones durante el parto, también empieza a descender una vez que ha dado a luz. Ello explica por qué la mayoría de las madres experimentan una sensación de desvanecimiento y un marcado agotamiento físico y mental durante las primeras semanas tras el parto y por qué se encuentran tan sensibles emocionalmente.

De hecho, en este período muchas mujeres desarrollan lo que se conoce como baby blues, un estado emocional marcado por la tristeza y el desánimo que influye en su relación con el bebé, pero también con el resto de las personas que les rodean. En algunos casos este estado puede deteriorarse hasta convertirse en una depresión postparto: se estima que tras el alumbramiento entre el 10% y el 13% de las madres desarrollan esta alteración que suele causar una gran desmotivación, incluso por las actividades que antes disfrutaban, así como una marcada apatía y tristeza que muchas veces las incapacita para cuidar de ellas mismas o de sus bebés, lo que les hace sentir culpables pues piensan que son malas madres.

Por otra parte, el hecho de que las madres deban adaptarse a las nuevas rutinas en el hogar y que sientan una enorme responsabilidad sobre sus hombros hará que sus fuerzas flaqueen. En esos momentos, contar con un hombro en el cual apoyarse puede ser sumamente reconfortante.

¿Cómo ayudar a una madre a superar las primeras semanas tras el parto?

  1. Dale una mano. Durante las primeras semanas tras el parto es usual que las madres, sobre todo si son primerizas, se sientan agobiadas por las responsabilidades y las tareas ya que aprender a satisfacer las necesidades de un recién nacido no es sencillo. Por eso, no le vendrá mal que le eches una mano y le ayudes con las tareas de casa o con el bebé. Así podrá relajarse un poco y descansar, de manera que pueda adaptarse paulatinamente a la maternidad.
  2. Anímala a hablar sobre sus sentimientos. Hablar sobre sus emociones y lo que está experimentando en esta etapa es una manera de liberar tensiones. Sin embargo, en ocasiones la madre no encuentra el valor para expresar lo que piensa, por miedo a que las personas no la comprendan y la juzguen. Por eso, pregúntale cómo se siente y dale la suficiente confianza como para que exprese sus inquietudes, temores y dudas.
  3. Incítala a implicarse en actividades que le motiven. Cuando las madres deben encargarse del cuidado de su bebé les suele costar tomar la iniciativa para visitar a los amigos, irse de compras o pasar una tarde en el spa. Una buena manera de distraerla y lograr que recupere la motivación es incitarla a que retome cuanto antes las actividades que disfruta.

Fuente: www.etapainfantil.com, autora: Jennifer Delgado

 

Por qué no debes obligar a tu hijo a comer

La Academia Americana de Pediatría explica cuáles son los recursos más desafortunados que emplean los padres para hacer que los niños coman.

La maternidad y la paternidad marcan un antes y un después en la vida de todo ser humano. Desde el nacimiento de nuestro hijo, defendemos nuestras expectativas y nuestros deseos casi con ferocidad. Lo tenemos muy claro: queremos que duerman como creemos que deben dormir, queremos que se comporten como consideramos que deben comportarse y, por supuesto, queremos que coman cómo, cuándo y cuánto estimamos que deben comer. Luego, la realidad. Y es que, sobre todo en el tema de la alimentación, padres y madres nos pasamos los primeros años de crianza angustiados por la supervivencia de esos niños que tan injustamente etiquetamos de “malcomedores”, por lo poco que pensamos que comen o por los “nadas” que parecen servirles de sustento. Tanto nos preocupamos que es un motivo recurrente de consulta en nuestras citas con el pediatra. Pero la respuesta no está en el ambulatorio sino que, casi siempre, se halla en nuestras expectativas. Obligarles a comer lo que esperamos que coman no debería ser nunca una posibilidad razonable.

Por qué no hay que obligar nunca a comer a un niño

“No obligue a comer a su hijo. No le obligue jamás, por ningún método, en ninguna circunstancia, por ningún motivo”. En 1999, el pediatra Carlos González ya explicaba en Mi niño no me come por qué nunca hay que obligar a un niño a comer. El dietista-nutricionista Julio Basulto confirmaba en Se me hace bola, publicado en 2013, que no existía justificación nutricional alguna para obligar. También insiste en ello a menudo en sus perfiles de redes sociales y lo reafirma al otro lado del teléfono a EL PAÍS: “Obligar a un niño a comer no es ético, ni educativo y es contraproducente. El objetivo no es que el niño coma sino que quiera comer, y que quiera comer saludable, y eso no se consigue con la coacción, con la presión, con la insistencia ni con premios y castigos. El niño es el único que sabe cuánto tiene que comer, eso no lo sabemos los nutricionistas, ni los médicos ni lo saben los padres. Solo lo sabe el cerebro del niño”.

Comparte su postura María Manera Bassols, dietista-nutricionista y autora de diversas publicaciones en torno a la alimentación infantil, quien destaca que en nuestro medio la preocupación debería ser que más del 40% de los niños y niñas tiene un problema de exceso de peso. También insiste en que obligar a comer a la fuerza, cuando se ha manifestado que no se desea o no se necesita, además de una falta de respeto hacia el niño, no es efectivo. “Habitualmente se insiste para que el niño coma más cantidad o con la voluntad de que aumente la variedad de alimentos que toma, o de que consuma determinados alimentos supuestamente saludables y que “hay que comer”. Si el niño no los quiere y le forzamos a que los coma, difícilmente los elegirá motu proprio en futuras ocasiones ya que precisamente forzar a comer suele provocar aversión y rechazo hacia los alimentos a los que se ha obligado a comer”, explica.

Recuerda Carlos Casabona, pediatra especializado en alimentación infantil, que la Academia Americana de Pediatría ya advertía a finales de los 70 en el Pediatric Nutrition Handbook, que el apetito del niño “es errático e impredecible”, y señala que no se debe forzar a comer en casa pero tampoco en el colegio. “Solo el niño sabe lo que necesita a través de un experimentadísimo mecanismo que lleva milenios funcionando a las mil maravillas: el hambre”.

Sobre las consecuencias de obligar a los niños a comer, María Vallejo Guardiola, psicóloga experta en obesidad y trastornos de la conducta alimentaria (TCA), explica que con esta acción alteramos la relación de los pequeños con la comida en el presente, pero también en el futuro, un hecho que influye también en la construcción del apego. “Si la acción de comer se fuerza, se altera su función natural. Un niño obligado a comer desconecta de su cuerpo, no disfruta de la experiencia y ven la hora de las comidas como algo aversivo. Además, el adulto que fuerza a comer no está siendo empático y perjudica el establecimiento de un apego seguro basado en la mutualidad. Un niño al que en su crianza se le ha forzado a comer tiene muchas más probabilidades de convertirse en un adulto con problemas con la comida”, cuenta. Detrás de pacientes con sobrepeso y obesidad, Vallejo ha observado que suele haber “historias de horas interminables en la mesa, donde nadie se levantaba sin el plato totalmente vacío”, algo que provoca desajustes como llegar a la edad adulta con problemas para parar de comer cuando ya se está saciado.

El soborno, la forma más habitual

Según la Academia Americana de Pediatría la forma más habitual que emplean los padres para obligar a sus hijos a comer es el soborno. Pero no es la única. En Se me hace bola, Basulto lo resume en ocho acciones: amenazas, chantaje emocional, hostilidad y despotismo, humillación, mentira, presión y/o coacción, terror, violencia y/o maltrato psicológico. Y pone ejemplos de frases como “Si no te lo comes, te llevaré al hospital y tendrán que dártelo por sonda”, “No te levantas de la mesa hasta que no te lo comas” o “Te tapo la nariz por tu bien, para que te lo tragues”.

Sobre esa acción precisamente, Gloria Colli, pediatra y autora de Tu lactancia de principio a fin, advierte que hay que tener en cuenta que obligar a comer no es solo tapar la nariz al niño y “meterle la cuchara cuando la abra para respirar”, también recurrir a frases aparentemente inocentes como “Si no comes, mamá se va a poner triste”, “Si te lo comes todo te pondrás grande y fuerte” o “Si no te comes la verdura no hay postre”. “Son recursos igualmente desafortunados porque implican además una manipulación emocional. Incluso recurrir al típico avioncito puede ser una forma de obligar si deja de ser un juego y una de las partes ya no lo encuentra divertido”, declara.

Carlos Casabona añade otras maneras encubiertas como “teatritos”, alabar las virtudes de lo que se ofrece para comer o el empleo de pantallas (móvil con vídeos o la tablet con dibujos animados). No obstante, también añade algo de optimismo: lo encuentra en los sistemas del Baby Led Weaning (BLW) o aprender a comer solo (ACS) que han llegado para quedarse. “Muchas madres jóvenes están muy bien informadas y adoptan este sistema que respeta los signos de saciedad del bebé”, dice.

Pero no solo el hogar se convierte en el escenario habitual de las presiones por la comida. Los comedores escolares también lo son. María Manera Bassols ha participado en diversas guías acerca del rol de los adultos en las comidas que comparten con niños. Hace un par de años la Agencia de Salud Pública de Catalunya publicaba el documento Acompañar las comidas de los niños. Consejos para comedores escolares y familias, que precisamente aborda este tema, tanto desde el ámbito escolar como del hogar. El texto surgía de la necesidad expresada desde el colectivo de comedores escolares (AMPAs, monitores y coordinadores de los comedores) sobre cómo posicionarse ante situaciones como la negativa a comer o a probar determinados alimentos. “El simple hecho de que se genere debate sobre cuál tiene que ser la actitud del adulto, que surjan dudas, que se pregunte a la administración que trabaja con los comedores cuál es su opinión y posicionamiento, que salga en los medios, etcétera, evidencia que algunas prácticas “tradicionales” de imposición, obligación o coerción están siendo cuestionadas”, plantea Manera.

Actualmente muchos comedores escolares están vinculados de forma directa a los proyectos pedagógicos de los centros, lo que fomenta la implicación, la participación y el aprendizaje de los niños con respecto a la alimentación. “Es verdad que un comedor colectivo es más difícil de gestionar que un hogar, y que hay determinadas prácticas, como el permitir que no se coma algo que no apetece, requiere de un trabajo coordinado y profundo con los adultos responsables del comedor y también con los niños y niñas; pero si existe la voluntad de trabajar desde esta mirada, la experiencia de muchos comedores nos dice que es posible acompañar las comidas de los niños desde este prisma”, explica María Manera.

Los niños que no comen

La alimentación es una de las mayores preocupaciones de los padres durante los tres primeros años de vida de sus hijos. Lo ve Carlos Casabona en su consulta, a la que acuden padres preocupados no solo por la cantidad sino también por el qué y cuándo dar de comer a sus hijos. “El entorno ha cambiado de manera espectacular y lo que dábamos antes con cuatro meses, ahora no se recomienda hasta los seis o siete meses. Lo que antes recomendábamos a los doce meses, ahora decimos que se puede ofertar a los seis. Esto desorienta bastante a muchas familias, pero procuramos dar los consejos nutricionales más actuales y siempre en relación con la evidencia científica que exista, por encima de intereses comerciales que siempre han estado presentes. Lo que sucede es que ahora estamos más atentos y la información corre más deprisa”, cuenta Casabona.

Considera “paradójico” el pediatra que nos preocupemos porque los niños de entre dos y cuatro años coman “poco” en la época de la humanidad en la que más sobrepeso y obesidad infantil hay: “Estamos “fabricando” los que serán adultos con obesidad, con todas las repercusiones que esto conlleva”. Insiste Casabona en que los padres “no deben preocuparse por lo que come su hijo, sino por si es feliz, corre y juega, sin enfermarse excesivamente”, ya que no existe la desnutrición en España sino “malnutrición por exceso y por mala alimentación con calorías vacías y consumo exagerado de bollería”. No obstante, también añade que hay ocasiones en las que el pediatra deberá estudiar casos puntuales en los que haya síntomas asociados a la verdadera falta de apetito como apatía, debilidad, palidez o diarreas.

Gloria Colli considera que la preocupación por la alimentación de los niños es inherente a la maternidad y a la paternidad: “Siempre hay algo que nos preocupa. Si no toma suficiente leche o si toma demasiada, si come poca verdura, si no prueba la fruta, si no conseguimos que coma más sano… Y es bueno que los padres se preocupen, porque conseguimos que se informen y que se impliquen en la tarea de hacer que toda la familia haga una dieta más saludable, pero hay que tener cuidado de que no se transforme en una obsesión que les impida disfrutar de agradables momentos en torno a la comida”.

¿Qué hacer para que la hora de la comida sea un momento agradable? Colli recomienda que lo primero que debemos hacer es apagar la televisión y así aprovechar ese tiempo para charlar en familia, evitando que el tema central sea la comida. “De la comida solo se habla para felicitar al cocinero. Si a tu hijo no le gusta la verdura, por más que tú le digas 20 veces que está muy rica, seguirá sin gustarle. Si queremos que la comida sea un momento agradable, evitemos situaciones conflictivas. Y demos ejemplo. Los niños aprenden por imitación por lo que si nosotros comemos bien, al final ellos también lo harán”.

Y cuando un niño no quiere comer, ¿qué podemos hacer? Responde María Manera Bassols que debemos respetarle, igual que haríamos con una persona adulta. “Las señales de autorregulación de hambre y saciedad son innatas y, en los niños sanos son efectivas a la hora de cubrir sus requerimientos energéticos y nutricionales. En nuestro entorno, con una disponibilidad abundante de alimentos a cualquier hora y en cualquier sitio, no existe justificación nutricional para forzar a comer a alguien que no tiene hambre o no quiere comer”, concluye.

Autora: DIANA OLIVER, www.elpais.com

 

La leche materna: un oro líquido que la industria jamás será capaz de igualar

La dosis ideal de nutrientes y defensas que requiere un recién nacido en sus primeros meses se encuentra en esta única sustancia viva que proviene de su madre

La lactancia materna es la mejor manera para que los órganos de un bebé se terminen de formar correctamente después de su nacimiento. La leche humana actúa como alimento, pero también muchas veces como medicina, pues tiene la capacidad de darle al recién nacido exactamente lo que necesita y en la dosis adecuada.

La leche materna es una sustancia viva; primero, porque es un fluido corporal y, segundo, porque es un alimento emocional. Los anticuerpos y las sustancias bioactivas vienen a producir una serie de cambios y protección en el cuerpo del bebé”, comentó Lilliam Marín Arias, enfermera obstetra e investigadora del Instituto de Investigaciones en Salud de la Universidad de Costa Rica (Inisa-UCR).

Aun después de nueve meses en gestación, el cuerpo del infante nace todavía inmaduro, pues no ha terminado de desarrollarse. El sistema respiratorio, el sistema nervioso central, el sistema inmunológico y, especialmente, el sistema digestivo son los que más necesitan las sustancias bioactivas, los macro y micronutrientes que la leche materna posee para que terminen de formarse.

Algunos de los componentes de este “oro líquido” son las enzimas, glucosa, grasas y calcio que, junto con la atención y cuidado de la madre y la familia, garantizan un organismo saludable y el crecimiento necesario en los primeros años de vida del pequeño.

Dichos elementos jamás podrán ser igualados por las leches de fórmula, cuya industrialización no permite la reproducción exacta de ciertos compuestos que produce la madre de manera natural como, por ejemplo, las proteínas del suero. Estas contienen factores anti-infecciosos y factores de crecimiento, por ser fuente de aminoácidos esenciales, según se afirma en un estudio del Simposio Nutrición en la Gestación y Lactancia.

Pero ese no sería su único aporte. Según las necesidades del bebé, el cuerpo de la madre adapta la composición de la leche de acuerdo con las enfermedades que tenga el menor. Así, este alimento se convertirá en su nuevo aliado contra las alergias, inflamaciones y hasta infecciones.

La mejor opción para su bebé

La leche que se compra en el supermercado, es decir, la que proviene de la vaca, es rica en hierro y proteína, pero no por eso su dosis es ideal para un bebé humano.

“La leche humana tiene menos proteína que la leche de vaca. La humana posee un 0,9-1,1 g/100 ml de proteína, mientras que la de vaca tiene 3,0 g/100 ml exactamente, esto se debe a que la leche de vaca alimenta a un ternerito que momentos después de nacer ya está caminando. Son organismos muy distintos”, señaló Marín.

Por otro lado, la leche materna tiene más lactosa que la de otras especies de mamíferos, pero es justo la cantidad que necesita el pequeño para que se termine de formar su intestino con las bacterias probióticas provenientes de esta. La alta concentración de lactosa favorece la colonización intestinal, lo cual mantiene un ambiente ácido en el intestino y evita que crezcan microorganismos que pueden producir enfermedades.

“Si una leche de tarro viene con bacterias, es porque está contaminada y, si le damos al bebé fórmula, entonces esa leche de vaca va a llegar a un intestino inmaduro. Como tiene menos lactosa, va a tener más problema en desarrollar la flora bacteriana intestinal junto con otras bacterias que viven en el intestino y lo protegen. Cada especie produce leche para sus crías, por eso, la leche de vaca no es la más óptima para el crecimiento de un bebé”, indicó.

La toma de leche materna, es decir, esos 30 o 40 minutos en que la madre amamanta al bebé, tiene tres fases de composición. La primera es la “solución”, constituida por hidrosolubles, agua, anticuerpos, enzimas, glucosa, lactosa y minerales. A esta fase le sigue la “suspensión”, rica en proteínas, calcio y fósforo. Por último, llega la llamada fracción de “emulsión”, la cual cuenta con glóbulos de grasa, ácidos grasos libres, vitaminas liposolubles y colesterol.

“En una toma de leche, el 90 % es agua. Por eso, en los primeros seis meses, lo único que necesita consumir el bebé es leche materna pues elimina la sed. El 10 % que queda van a ser macronutrientes, micronutrientes y sustancias bioactivas. De estos, el 50 % es azúcar y lactosa, que es la azúcar de la leche, y el 30 % restante son las grasas y los lípidos. Solo un 5 % de esa toma van a ser proteínas”, explicó la investigadora.

 

Fuente: www.ucr.ac.cr  Autora: Valeria García Bravo, Universidad de Costa Rica

 

 

La exterogestación: ¿Por qué el recién nacido necesita estar cerca de ti?

Tras nueve meses de embarazo, el recién nacido aún necesita mucho de su madre. El hecho de que haya empezado una nueva vida, fuera del vientre materno, no significa que esté preparado para enfrentarse solo a las adversidades del medio, sigue necesitando que su madre lo alimente, le mantenga calentito y le ofrezca seguridad. Se trata de algo que la mayoría de las madres asumen de forma instintiva pero que en el ámbito científico se conoce como exterogestación.

El término exterogestación es un concepto relativamente moderno, aunque en realidad es una práctica que tiene siglos de historia. Antiguamente, las mujeres solían pasar gran parte del tiempo con su hijo a cuestas mientras trabajaban, realizaban las labores domésticas o incluso cuando acudían a los eventos sociales. De hecho, en algunas culturas, como la china y la africana, la práctica de portear al bebé durante las labores diarias se considera completamente normal ya que dicha costumbre ha permanecido intacta con el paso de los siglos. En la cultura occidental la hemos perdido, pero deberíamos intentar recuperarla.

¿Por qué es importante la exterogestación?

Básicamente, la exterogestación es como un segundo embarazo fuera del vientre materno. Se trata de una práctica que aboga por la cercanía de madre e hijo durante al menos los primeros nueve meses tras el nacimiento y que sienta sus bases en el desarrollo biológico de nuestra especie.

Lo que sucede es que la duración del embarazo humano se ha reducido a lo largo de la evolución. Una gestación en condiciones normales dura entre 37 y 42 semanas, muy poco tiempo para que un bebé pueda desarrollarse completamente. Asimismo, el estrechamiento de la pelvis provocado por la bipedestación ha causado que los bebés tengan que nacer antes de que sus sistemas maduren para poder atravesar el canal de parto.

Se trata de dos factores que han hecho que el bebé nazca totalmente indefenso y dependiente, y que necesite de algunos meses más para poder valerse por sí mismo. Durante esta segunda etapa el organismo del bebé terminará de desarrollarse y empezará a adquirir nuevas habilidades para desenvolverse en su entorno. Por eso, es importante que la madre se mantenga cerca de su hijo y que le apoye incondicionalmente, al menos otros 9 meses más, una edad en la que el niño ya será capaz de comenzar a gatear, lo cual le otorga una cierta independencia y confianza en sí mismo.

Los beneficios de la exterogestación para el bebé

1. Potencia el desarrollo cerebral

Cuando el bebé nace solo tiene desarrollado el 25% del cerebro. Durante los primeros años de vida, y en especial durante los primeros meses, se empiezan a establecer las conexiones neurales que serán la base de su aprendizaje. Por eso, es fundamental ofrecerle una estimulación temprana que facilite el desarrollo de esas conexiones. Para lograrlo, nada mejor que estar cerca de él para aprovechar cada oportunidad de aprendizaje y transmitirle confianza y seguridad.

2. Estimula el control emocional

La sensación de seguridad y el amor incondicional que le transmite la madre a su hijo durante la exterogestación son fundamentales para su futuro desarrollo emocional. De hecho, un estudio realizado en la Universidad de Montreal demostró que los bebés que disfrutan de la exterogestación lloran un 43% menos que el resto, lo que se explica debido a que, al sentirse más seguros, aprenden a regular mejor sus emociones y se sienten más relajados y tranquilos.

3. Mejora su alimentación

Se ha demostrado que la cercanía física entre madre e hijo estimula la segregación de oxitocina y prolactina en la mujer, dos hormonas relacionadas con la producción de leche materna. De esta manera, la madre no solo es capaz de producir leche con más frecuencia sino que también tiene más oportunidades para alimentar a su bebé, con todos los beneficios desde el punto de vista nutricional que esto conlleva.

Autora: Jennifer Delgado

Alimentación complementaria

Cuando la leche materna deja de ser suficiente para atender las necesidades nutricionales del lactante hay que añadir alimentos complementarios a su dieta. La transición de la lactancia materna exclusiva a la alimentación complementaria abarca generalmente el período que va de los 6 a los 18 a 24 meses de edad, y es una fase de gran vulnerabilidad, cuando para muchos niños empieza la malnutrición, y de las que más contribuye a la alta prevalencia de la malnutrición en los menores de 5 años de todo el mundo. La OMS calcula que en los países de ingresos bajos dos de cada cinco niños tienen retraso del crecimiento.

La alimentación complementaria debe introducirse en el momento adecuado, lo cual significa que todos los niños deben empezar a recibir otros alimentos, además de la leche materna, a partir de los 6 meses de vida. La alimentación complementaria debe ser suficiente, lo cual significa que los alimentos deben tener una consistencia y variedad adecuadas, y administrarse en cantidades apropiadas y con una frecuencia adecuada, que permita cubrir las necesidades nutricionales del niño en crecimiento, sin abandonar la lactancia materna.

Los alimentos deben prepararse y administrarse en condiciones seguras, es decir, reduciendo al mínimo el riesgo de contaminación por microorganismos patógenos. Además deben administrarse de forma apropiada, lo cual significa que deben tener una textura adecuada para la edad del niño y administrarse de forma que respondan a su demanda, de conformidad con los principios de la atención psicosocial.

La adecuación de la alimentación complementaria (en términos de tiempo, suficiencia, seguridad y adaptación) depende no solo de la disponibilidad de alimentos variados en el hogar, sino también de las prácticas de alimentación de los cuidadores. La alimentación del niño pequeño requiere cuidados y estimulación activa, que su cuidador responda a los signos de hambre que manifieste el niño y que lo estimule para que coma. A esto se le llama alimentación activa.

La OMS recomienda que los lactantes empiecen a recibir alimentos complementarios a los 6 meses, primero unas dos o tres veces al día entre los 6 y los 8 meses, y después, entre los 9 a 11 meses y los 12 a 24 meses, unas tres o cuatro veces al día, añadiéndoles aperitivos nutritivos una o dos veces al día, según se desee.

Las prácticas alimentarias inadecuadas son a menudo un determinante de la ingesta insuficiente más importante que la disponibilidad de alimentos en el hogar. La OMS ha elaborado un protocolo para adaptar las recomendaciones alimentarias que permite a los gestores de programas identificar las prácticas alimentarias locales, los problemas frecuentes relacionados con la alimentación y los alimentos complementarios adecuados.

Fuente: OMS Organización Mundial de la Salud

 

 

“Amamanté a mis tres hijos con solo un pecho tras haber sufrido un cáncer”

Pese a sufrir una mastectomía, María logró mantener la lactancia durante más de seis años y nunca se planteó que no fuese capaz.

Anticipa que no se considera ninguna heroína, que su experiencia con la lactancia es tan natural y simple como la vida misma y que tampoco nunca se planteó que no fuese capaz de hacerlo. Sin embargo, el caso de María -una arquitecta que ahora tiene 49 años- no es habitual. Esta lucense dio de mamar a sus tres hijos con un solo pecho, el derecho, el único que tiene tras una mastectomía que sufrió hace veinte años cuando se le detectó un cáncer de mama.

“Nunca pensé que no pudiese ser capaz. Es que ni siquiera me lo planteé. El cuerpo siempre se adapta a ti y la leche siempre es suficiente. Si una mujer puede amamantar a más de dos niños a la vez, ¿por qué yo con un pecho no iba a poder? Por otra parte, hay bebés que prefieren un pecho y sus madres acaban dándole solo ese. Lo mío no es ninguna heroicidad. El cuerpo es sabio y di de mamar como algo natural, como si no hubiese ocurrido nada”, afirma.

María tiene tres hijos de 12, 9 y 3 años. A la mayor le dio pecho durante dos años y medio; al del medio, durante quince meses, y el más pequeño todavía lo dejó el verano pasado. Esta lucense se quedó embarazada siete años después de habérsele declarado el cáncer y de la radioterapia, la quimio y la posterior terapia hormonal. No congeló óvulos porque -dice- “ni sabía que existía ni me lo plantearon” y la única información sobre la lactancia, previa al primer embarazo, le vino a través de las clases de maternidad y de un libro, Un regalo para toda la vida, de Carlos González.

“En ese libro, se desmontan muchos mitos como que no todas las mujeres tienen leche, que la leche puede salir aguada… Todo eso son leyendas urbanas. Dar de mamar es lo más cómodo y lo más bueno y siempre llega la leche para alimentar al niño aunque, al principio, cueste y se produzcan grietas en los pezones que duelen como si te clavasen alfileres. Pero es solo unos días. Mis hijos mamaron hasta que ellos quisieron y la producción de leche se adapta a tu ritmo de vida, la leche nunca se acaba. Vas a producir siempre lo que el bebé va a mamar. Se puede decir que mis hijos pasaron de la teta al vaso”, insiste María.

Esta mujer no tenía especial interés en la lactancia antes de quedarse embarazada pero, a través del libro, descubrió que era una de las mejores cosas que podía hacer por sus hijos. “Es lo mejor que puedes hacer por ellos y por qué no lo vas a hacer si puedes. ¡Es como darles la merienda!”, comenta.

María reconoce que, todavía hoy, las madres que dan el pecho a sus hijos son consideradas por algunos como “perros verdes”. “Yo era el perro verde porque ninguna de mis compañeras le daba la teta a sus hijos. Sin embargo, eso nunca me echó para atrás. ¡Tonta sería! Para mí, era la mejor opción y la más cómoda porque me evitaba tener que ir con el biberón a todas partes. Tampoco nunca tuve reparos para dar el pecho donde estuviese. ¡Incluso estuve en los vinos dando la teta!”, cuenta.

María también tuvo que enfrentarse a la presión de algunas personas de su entorno, e incluso algún pediatra, para cambiar el pecho por el biberón. Me recomendaron varias veces: “Dale un biberoncito, ¡a ver si se va a quedar con hambre! Eso me lo dijeron incluso algunos pediatras”, afirma esta lucense, que defiende la puesta en marcha en el Hula de un servicio de asesoramiento a las madres que acaban de dar a luz y tienen un montón de dudas.

Autora: Isabela Corbelle, El Progreso.es

 

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