Actualidad: Donar óvulos, un acto invisible de solidaridad y rodeado de prejuicios

Un estudio determinó que, a pesar de que las mujeres reciben dinero a cambio, las moviliza el ayudar a otras que no pueden ser madres. Historias de donantes.

Las mujeres que donan sus óvulos para que otras puedan intentar ser madres están acostumbradas a “poner el cuerpo”: fueron madres adolescentes -en su mayoría a partir de embarazos no deseados-; hacen tareas hogareñas desde muy chicas y a muchas les interesa dedicarse al ámbito de la salud aunque la mayoría no terminó el secundario. Consideran, además, a la maternidad como un atributo ligado a la femineidad, como algo valioso que les da identidad y que está relacionado a la “función de sostén”, más allá del vínculo biológico (“Madre es quien quiere, quien cría, quien educa a sus hijos”, dicen). Y si bien la “compensación económica” que reciben -alrededor de 8.000 pesos cada vez que donan- es uno de los principales incentivos, la idea del altruismo está presente como también la de la red de ayuda entre mujeres. “Su condición social y su propia historia las convocan a ayudar”. Estas son algunas de las observaciones del estudio “La otra cara de las TRHA (técnicas de reproducción humana asistida): las mujeres donantes. Investigación cualitativa de carácter exploratorio”, el primero de este tipo hecho en la Argentina sobre un tema que, de la mano del anonimato y la falta de regulación estatal, suele quedar entre sombras. Una práctica que crece año a año: la ovodonación, según la Sociedad Argentina de Medicina Reproductiva, era el 14,3% de los 1960 tratamientos en 2004 y en el 2016 representó el 25,8% de los 21.000 realizados. Pero, a pesar de este aumento, la donación termina siendo un convenio entre privados y cuya modalidad varía según de qué médicos y de qué centros de fertilidad se trate.

Para poner algo de luz al tema y visibilizar la figura de las donantes, las psicólogas especialistas Laura Wang y Diana Pérez trabajaron sobre las respuestas de cuarenta posibles donantes de un centro de fertilidad de la Ciudad de Buenos Aires. Fue a partir de dos entrevistas individuales realizadas por Wang entre 2012 y 2016. El estudio no tiene valor cuantitativo sino cualitativo.

“Las mujeres entrevistadas tienen estrategias de defensa frente a la vulnerabilidad. Ante la escasez de recursos económicos, la solidaridad se hace presente. Cuentan con recursos psíquicos para sobrellevar las dificultades”, dice el estudio.

Las psicólogas, a su vez, señalan que la donación de óvulos no tiene el mismo reconocimiento que la de un órgano pues “no está equiparado, en el discurso social, salvar vida con crear vida”. Este factor, entre otras cuestiones, lleva a su invisibilidad. Sumado a que la mayoría de estas mujeres guarda el tema en reserva pues, cuando lo cuenta, suele encontrarse con cierta condena. “Mi cuñada dice que donar es regalar hijos”; “Mi amiga me dijo riéndose que tengo un montón de hijos por ahí”, relataron las entrevistadas.

“La desinformación es el principal obstáculo para un cambio social. La donación de óvulos se evidencia como una trama compleja entre lo social, lo cultural y la subjetividad”, afirman Wang y Pérez.

Ana tiene 32 años, “tres bellos hijos” de 7, 8 y 16, el pelo dorado que le llega arriba de los hombros, contextura muy delgada, ojos almendrados y un piercing que se asoma debajo del labio. Está sentada en un rincón de un consultorio -al que ha accedido Clarín- mientras la psicóloga la evalúa para saber si es o no apta para donar. Se enteró de la posibilidad como la gran mayoría de las entrevistadas del estudio: “Por el boca en boca”. En su caso, charlando con una amiga cuya hija ya había donado. “Y vos, que siempre estás ayudando ¿Por qué no?”, le preguntó. Y a ella le picó la curiosidad. Buscó en Internet para saber de qué se trataba. Su padre golpeaba a su madre, su pareja la maltrataba psicológicamente y, después de separarse, empezó a visitar una ONG contra la violencia de género del oeste del conurbano, en donde vive; se convirtió en una militante.

Ana llegó apurada porque está por cumplir los 35 que, sabe, es el límite de edad que algunos médicos consideran aceptable para la donación; después la calidad de los folículos cae en picada. Sin embargo los suyos, le dijeron, son especialmente buenos y ovula en cantidad. El dato lo desliza con un énfasis que denota cierto orgullo. No sabe cuánto le van a pagar, dice, ni tampoco preguntó. Tiene tres conocidas que no podían tener hijos, “les costó mucho tiempo, plata y angustia, una sola lo logró con una inseminación… ¡Y yo me ligué las trompas!”. “Es muy importante el compromiso con esta causa porque como vos que pusiste el cuerpo, del otro lado también hay una mujer que se preparó físicamente y que está esperanzada”, dice a este diario en relación a la rigurosidad con la que los médicos les piden a las mujeres que donarán sus óvulos que se inyecten diariamente en la panza, a la misma hora durante unos diez días, una medicación que vale alrededor de tres mil pesos para estimular la producción de folículos (que expulsarán, o no, luego los óvulos).

Además del visto bueno de una psicóloga -algo que según las fuentes del mundo de la fertilidad algunos centros piden rigurosamente y tienen sistematizado, otros de forma inconsistente y otros ni siquiera consideran- a la donante se le hacen estudios clínicos, hormonales, genéticos e infectológicos y se la consulta sobre antecedentes de salud familiares, de manera más o menos exhaustiva según cada institución.

La Sociedad Argentina de Medicina Reproductiva, la única que de alguna manera regula el tema otorgando acreditaciones a los centros (hay en Argentina unos 30 acreditados sobre alrededor de 65), tiene un Código de Etica. En él sugiere que las donantes sean mayores de edad; que las receptoras no tengan más de 50 años; mantener el anonimato entre el donante y el receptor de los gametos y que no los una ningún tipo de vínculo; que todas las personas concebidas con gametos donados tienen el derecho a conocer su origen genético. También recomienda que la donación sea altruista y anónima, aunque pide considerar la compensación económica “por lucro cesante, viáticos, etcétera”. Sostiene también que personas nacidas y donantes deben ser protegidos de las probables consecuencias de tener muchos hermanos e hijos genéticos, “por lo que los gametos provenientes de un mismo donante deben ser usados por un número limitado de receptoras”; que las receptoras tienen derecho a contar con información clínica relevante del donante para un correcto cuidado de la persona nacida y que el centro debe velar por la atención médica necesaria y adecuada de los donantes de gametos y de sus complicaciones.

Los médicos “preparan” a las mujeres donantes con pastillas anticonceptivas, explica el médico Adan Nabel. Luego vienen las inyecciones hormonales diarias y las ecografías trasvaginales dos o tres veces por semana, hasta la aspiración de los óvulos en el quirófano mediante una cánula a través de la vagina, “leve sedación” mediante (se las duerme durante el procedimiento). Se recomienda un día de reposo. Esta última etapa dura unos veinte días.

A Ana lo que más miedo le da es la anestesia, pero dice sentirse confiada por el buen trato de la médica. Lo mismo opinan respecto a su relación con los profesionales las mujeres entrevistadas por Wang, “destacan el sentirse cuidadas, aunque también manifiestan cierta aprensión para preguntar; cierta intimidación por el lugar asimétrico de la figura del profesional”.

Muchas de las mujeres que donan óvulos, en general de localidades pobres del conurbano, no tienen obra social. “Construyeron una posición subjetiva (modo de estar en el mundo) basada en el cuidado del otro y el servicio al otro. Correspondientes con sus primeros aprendizajes familiares: cuidar su propia casa, cuidar de sus familias (…). Saben de un cuerpo doliente, muchas veces se vieron sometidas a violencia física y psicológica. En compensación para estas mujeres saberse “fértiles” representa un resarcimiento narcisista (“La verdadera mujer es madre. Un hijo te completa como mujer”, dicen)”.

La maternidad tuvo para ellas, dicen Wang y Pérez, un efecto de empoderamiento, les brinda un lugar en el mundo pero, a la vez, obstaculizó la posibilidad de terminar sus estudios, desarrollar un oficio o profesión, o encontrar un trabajo acorde a sus capacidades e intereses (“Me dejé estar, me embaracé y me estanqué. Este último tiempo no me siento útil”; “Estaba estudiando, pero con la nena se me complicó bastante”).

En la decisión de Miriam (32) pesó al principio lo económico pero, cuando se fue interiorizando, se acordó de una amiga que no puede tener hijos y le gustó la idea de ayudar. Cambió del todo su idea el día en que la llamaron para contarle que la receptora estaba embarazada, algo que no es frecuente en los centros. “Fue una bendición. Tengo ganas de llorar cuando hablo de eso”, dice a Clarín. Donó óvulos cuatro veces y si pudiera -sus horarios laborales como maestranza de limpieza se lo impiden- lo haría las otras dos veces más, permitidas por el centro. “Ser madre es lo más lindo del mundo”. Es madre soltera y, “si las cosas fueran distintas, si tuviera otra situación económica”, tendría otro hijo. “De alguna manera es como que cumplí el sueño”, agrega. Tiene varias amigas que donan, se enteró por una de ellas, “que sólo lo hace por plata”, de la posibilidad. Su pareja la apoya. Para su familia es “una loca de mierda”. Es paraguaya, donde se recibió de enfermera, pero vive en Argentina hace diez años e intenta terminar el secundario con el plan Fines. Dice que siente su cuerpo “más robusto, más acomodado”, pero que menstrúa de manera irregular y sufre unas leves puntadas que antes no tenía. “Si algún día se apareciera esa persona nacida con mis óvulos -dice- no tendría problema, le explicaría por qué fue que doné”.

La madrina de María Julia (29) nunca pudo tener hijos. Cuando ella la llamó para contarle que había donado óvulos se conmovieron las dos. María Julia tiene tres hijos, los nenes del barrio se la pasan en su casa. “Me emocionaba cuando la doctora me contaba que había una receptora esperando”. El proceso de donar no le pareció invasivo ni molesto, “incluso” se siente mejor. Trabaja de camarera. Donó dos veces y lo cuenta sin reservas: “La gente se imagina que estás donando una criatura. Yo les explico que es algo que ayuda y que se necesita constantemente. Es algo que tenés que hacer con mucha dedicación. Yo lo hago pensando en esa mujer que busca, en lo que yo sentí cuando estuve embarazada, que fue lo mejor de mi vida”, explica a este diario.

Alejandra (23) se enteró de que podía donar a través de una amiga y lo hizo en distintas clínicas “más de 15 veces”, pero no lo cuenta. Se hincha y se deshincha aunque no tiene otras molestias. Hace changas como costurera, tiene una nena, es de la zona sur del conurbano y está terminando el secundario. Al principio le daba un poco de miedo pero como la trataron muy bien le tomó “la mano”. No tiene obra social y planea tener otro hijo más adelante. “No me cuentan y no pregunto qué pasa con los óvulos. Sí, alguna vez tuve la fantasía de que se me apareciera algún chico pero como firmo los papeles me quedo tranquila. Después de donar la llevé a mi cuñada y a una chica amiga, me dan un dinero por eso”. Volvería a donar porque con eso puede pagar sus cuentas, y la situación económica, dice, está difícil.

“Las mujeres que donan no confunden material genético con maternidad -dicen Wang y Pérez como conclusión en su estudio. “Nuestra perspectiva considera a la donante como una mujer que compromete su cuerpo, que aporta su deseo como sujeto y merece no quedar reducida a ‘material genético o subsumida a objeto de la ciencia’”.

Por Luciana Mantero

Nota publicada en www.clarin.com el 8/1/17